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Charlas con Adolfo 1958 Primera parte (Edición Gratuita)



CHARLAS CON ADOLFO
AÑO 1958

Nota del Autor: Esta NOVELA es el fruto de años de trabajo, trata sobre el amor, el cariño perdido, las ausencias y todas aquellas emociones que hacen al ser humano. Nada tienen que ver con un apoyo a ninguna política que no contemple los derechos humanos en su totalidad.  Es fruto en parte de mi la imaginación y también de las duras vivencias de mi padre y mi hermano en los lejanos desiertos del sur argentino. Las opiniones de los lectores corren por su exclusiva cuenta.

ISBN 978-987-29218-1-1
Germán Diograzia

Índice

Primera Parte

Reconocimientos
Palabras Previas
Introducción
El Diario de mi padre Enero 1958
Después del descubrimiento del Diario y las cartas
Alejandro
Faro de la Isla Leones Código ARG HS: Arg-071
El largo viaje de los Lobos Grises al lejano sur
La Goleta y un Submarino,1945 Bahía de Samborombón Argentina
Investigaciones en las aguas Argentinas. En la búsqueda de los U-Boats
1945 - Cuatro meses después de finalizada de la Segunda Guerra
La Vida en la Isla
La Casa-Faro
El llamado a un U-Boat. El Fin de la Inocencia
Carta desde la Isla Leones, 5 de mayo de 1960
Carta desde la Isla Leones, 10 de junio de 1960
Carta desde la Isla Leones, 14 de Julio de 1960
Carta desde la Isla Leones, 17 de Agosto 1960
El Escape de la Isla Leones
El conocimiento del desembarco del Submarino Alemán
El U530 El Acta de Rendición y la gran recepción en Argentina
Alejandro y su deambular por la Patagonia
Las Cartas
La vuelta a Buenos Aires
Judith
Olga
Ana
El Final de Alejandro

Segunda Parte

El Diario de mi padre. Las Charlas con Adolfo 
15 de Enero 1958
18 de Enero 1958
Frida
19 de Enero 1958
20 de Enero 1958
21 de Enero de 1958 
22 de Enero de 1958 
23 de Enero de 1958
24 de Enero de 1958
25 de Enero de 1958
26 de Enero de 1958
27 de Enero de 1958
28 de Enero de 1958
1 de Febrero de 1958
2 de Febrero de 1958
3 de Febrero de 1958
6 de Febrero de 1958
7 de Febrero de 1958
8 de Febrero de 1958
9 de Febrero de 1958
11 de Febrero de 1958
12 de Febrero de 1958
13 de Febrero de 1958
14 de Febrero de 1958
15 de Febrero de 1958
20 de Febrero de 1958
21 de Febrero de 1958
3 de marzo de 1958
4 de marzo de 1958
8 de Marzo de 1958
9 de Marzo de 1958
10 de Marzo de 1958
11 de Marzo de 1958
12 de Marzo de 1958
Nota del autor
La decisión final

Dichos

Referencias
U-Boats o Lobos Grises
Submarinos Alemanes “Perdidos”
Isla Leones
Faro de la Isla Leones
Parque interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral
Museo Perón

Biografía del autor




Reconocimientos

Al inestimable apoyo de mi familia, mis hijos Alexis, Maximiliano, Soledad y mi mujer Sari quienes me soportaron en el largo camino por llegar a la verdad.
A mi amigo Álvaro López Mellían investigador y periodista, quien me motivó a armar y comprender cada pieza del drama y a entender que mientras no olvidemos tendremos alguna posibilidad de cambiar desde el pasado éste presente oscuro y temible.
A mi padre, al que poco conocí, el que dejó escritas sus impresiones y su doble vida en la entrevista más extraordinaria de todos los tiempos.
A mi querido hermano Alejandro al que descubrí a través de sus cartas  y en cuyo recuerdo he intentado modestamente armar cada pieza de esta historia. Lo que me ha permitido entenderla y entenderme. Ha sido en un largo viaje. Comenzó casi por casualidad y ha llevado a algunos de sus protagonistas por la inmensa Patagonia en busca de respuestas que les diesen un sentido a sus vidas. Finalmente deberé tomar la decisión más importante, de la que dependerá o no la vida de millones de seres.
A mi hermana Ana a la que sólo conozco a través de mi  hermano, pero que la quiero como si siempre hubiésemos estado juntos. Con ella se cierra el último capítulo de esta historia. La tragedia de las vidas que se vieron involucradas.
Sé del poder que se encuentra en su sangre, en sus genes. Capacidad única y maravillosa que la convierte en un ser humano excepcional.
A todos los enemigos de la humanidad, en todos los tiempos, conquistadores, reyes, déspotas y ahora presidentes (salvo honrosas excepciones) porque gracias a su extrerna dedicación para someter de mil manera a los pueblos, me han permitido al fin comprender su verdadera y cruel entidad.
A la naturaleza que en su extraordinaria ingeniería me ha dotado (como a todos) de un maravilloso y único cerebro, que me permite distinguir entre la multitud a los falsos profetas.


Palabras previas

Muchos años después de la muerte de mi padre llegué a la casa de su hermano por pura casualidad. Esa tarde estuve a punto de no hacer la visita, pero el destino me esperaba. Luego de un café mi tío me pide un favor. Necesitaba retirar un par de objetos de la boardilla. Él ya no podía subir. Una vez en ella encontré lo pedido. Me dirigía hacia la salida cuando tropecé con un viejo baúl que se volcó. Cayó una carpeta, en ella estaba un Diario manuscrito y una serie de cartas. Bajé con ellas. Al ver la letra de mi padre pedí permiso a su hermano para estudiarlas. Él no tenía idea de su existencia. Ya en casa abro el viejo libro amarillento con su letra clara y varias cartas de mi hermano, muerto años atrás. Pasé parte de la noche leyendo con incredulidad todo aquello. Papá relataba hechos extraordinarios y lo más sugestivo: la certeza de la existencia en Argentina  del hombre más odiado del planeta.
Varias de las mismas fueron enviadas desde la Isla Leones, que contara con un Faro (hoy fuera de Servicio). Mi hermano cumplió allí, durante tres años, su Servicio Militar. Perteneció así a la Dotación de la Marina en aquel lugar perdido. Fue confinado en castigo en aquel pedazo de roca, supuestamente por una desobediencia.
Una segunda tanda de cartas fue despachada a lo largo de la Patagonia. Él logró escapar de aquella isla en una carrera para salvar su vida. Huyó al comprobar la visita de extraños personajes, a esos remotos lugares.
Permaneció en la clandestinidad largo tiempo sin que la familia supiese su paradero.
Nadie conocía una vida paralela y fantástica de mi padre. Mucho menos los hechos que se relataban como verídicos.
Si bien el Diario y las cartas aparentemente carecían de conexión, surgía claramente un patrón. La aseveración que políticos argentinos habrían ocultado y brindado apoyo a  la elite del poder alemán de la Segunda Guerra. El posible acceso a tecnología sin precedentes, traídas a la Argentina en ése tiempo. Y finalmente la información más valiosa de la historia del hombre. Un grial único y maravillosamente cercano, capaz de cambiar la vida de millones de seres. Pero había más, mencionaba casi al final del Diario un hecho singular: allá lejos en el sur Argentino, a una escasa milla y media de la costa y a menos de 70 metros de profundidad, descansaría el último U-Boat, una maravillosa máquina creada por lo mejor de la ciencia alemana. La nave que junto a otras once, habría llegado a la Argentina desde la lejana Alemania. Según el escrito tuvieron apoyos logísticos para cumplir con una larguísima navegación. Lo extraño es que las fechas lejos de coincidir con el fin de la Segunda Guerra, los ubican desde el final de la misma y pasados los años 1960. Algo totalmente inverosímil.
Cuando mi padre (al final de su Diario) transcribe las coordenadas exactas del submarino hundido, dice textualmente “Algo se oculta en el vientre del U-Boat allá en la lejana Santa Cruz. Y espera a ser liberado de las frías aguas del sur argentino. Si es que aún perdura. La información allí contenida nos brindaría el acceso a conocimientos no imaginados aún.”
Momentos antes de morir mi hermano menciona en una carta a Ana, nuestra hermana, poniendo su vida en mis manos. Ella posee características únicas y extraordinarias, que más adelante mencionaré.
Cuando el viaje acabe y todas las piezas del rompecabezas encajen, encontraremos que otra vez nos han engañado, contándonos una historia falsa. Los gobiernos siempre utilizándonos para sus propios fines.
El poder de mi hermana ha llegado finalmente a mí. Como si fuese una jugada del destino, deberé elegir entre darlo a conocer o callar. Arriesgarlo todo y entregarle a la humanidad una salida extraordinaria a muchos de sus padecimientos o despertar en el ser humano lo peor de su condición. Quizás al terminar este libro, que me servirá como una gran catarsis, tendré el temple y la voluntad para decidir.
Esta historia llevó a seres inocentes, como a mi hermano Alejandro, a sufrir una larga persecución, sencillamente por haberse encontrado en el lugar y tiempo equivocado.
Aquellos papeles podrían haberse quedado allí sin que nadie los encontrara. Si tan solo esa tarde hubiese hecho otra cosa no me encontraría en la actual situación.
A veces es preferible la ingenuidad o la simplona indiferencia. Ciertas personas cuentan con una curiosidad exacerbada, que las lleva a investigaciones que sería mejor desconocer. Yo tuve la necesidad de subirme a mi auto para buscar un vino de determinada bodega. Otra persona salió unos minutos después de su casa y cruzó la esquina sin mirar. Frené de golpe fuera de la línea de la bocacalle. El inspector de tránsito que estaba en el bar de enfrente  salió justo en ese momento. Me levantó una multa. Discutimos. Mientras el peatón gritaba que había querido pisarlo. Me olvidé del vino y regresé malhumorado a casa, pero a dos cuadras vive mi tío y decidí pasar a saludarlo. Yo no lo sabía pero ese día él debía concurrir al médico, en el mismo horario en que golpeé a su puerta. Una llamada lo hizo perder tiempo y postergó la visita. Finalmente yo estuve en casa con el Diario y las cartas. Tantos hechos concatenados, tantas casualidades son tal vez la causa de este libro. Como sea todo ha cambiado y ahora mi vida transcurre entre el trabajo diario y esta amenazadora realidad.


Introducción


El callejón de tierra se pierde en la soledad de la llanura. A lo lejos un destartalado camión cruza el puente, levantando el polvo del camino. Estoy frente a esta tumba incierta, en el cementerio de Saldungaray, cerca de Sierra de la Ventana, Provincia de Buenos Aires.
El mármol deletrea acaso un nombre más, Otto Luwing. Quizás allí abajo haya otro hombre que intentó cambiar el mundo.
En un pequeño pueblo, acaso otro villorrio, a kilómetros de allí, se tejió la última trama de la vida de ése hombre. Historia que tocó a personas de esta Argentina. Seres que sufrieron parte del horror y encontraron quizás el posible camino entre la verdad y la mentira. Descubrieron, a costa de sus propias vidas, la trama secreta del poder.


El Diario de mi padre
Enero 1958

Mi nombre es Mario Enrique Diograzia. A veces con suerte, transito esta vida. Otras con mínimas posibilidades para mantener a mi familia, compuesta por mi mujer y mis dos hijos pequeños.
Recorro pueblos y caminos vendiendo productos de ferretería. Mi familia permanece en Mar del Plata, alquilando una antigua propiedad.
He decidido llevar este Diario. Tal vez me sirva para no sentir la soledad que me acicatea noche a noche.
Con mi vieja camioneta llegué a este pueblo de la Provincia de Buenos Aires. En el cruce, donde un viejo cartel deletrea su nombre, detuve la marcha. Adelante el camino invitaba a seguir. Un fuerte viento golpeó de lleno la camioneta y miré el anuncio oxidado. Algo me llamaba a recorrer los pocos kilómetros hasta la entrada. Salí de la ruta y lo busqué.
No hace falta describir el pueblo, apenas un conjunto de casas propias de la llanura. Un almacén de ramos generales, un par de bares, algunos negocios y el Hotel.
En la puesta de sol y luego de tomar un coñac intenté dar una vuelta a la plaza y presentarme en el almacén para llevar al día siguiente los muestrarios de herramientas. Entonces lo vi, sentado en un banco, apoyaba su encorvada espalda en el paredón descascarado del almacén. Solo cruzamos nuestras miradas. Lo saludé
Dijo algo pero no lo entendí. Luego conversé largamente con el dueño del negocio y quedamos en vernos al día siguiente.
En esa primera charla mi vida toma un giro inesperado: me ofreció trabajo ¡un empleo efectivo luego de tanto tiempo de recorrer caminos!
Después de cenar y llamar a mi mujer ya pensaba en la propuesta de don Atilio Bevilaqua, el dueño del almacén de ramos generales.
Estar en casa o no es lo mismo, mi mujer se ha acostumbrado a mis largas ausencias. Podré viajar los fines de semana a visitarlos.
La idea de un pueblo triste, lejos de acongojarme, me produjo un sentimiento de excitación que no pude comprender.
Uno de los bares prometía cierto movimiento en aquella inmensidad. Entré y todas las cabezas giraron hacia mí. Saludé a la concurrencia y ofrecí una vuelta para todos. Una buena impresión siempre es fundamental.
Al fondo, casi en la penumbra, una mesa me invitaba a ocuparla. Mientras me acercaba apareció la figura del viejo. Amablemente pero con autoridad me dijo: siéntese hombre. Así lo hice. En ese momento algo se disparó en mí. Una alarma. Esos ojos como abismos inmensos, me parecieron lugares siniestros observándome. Su acento duro y algo gutural, aunque en casi perfecto castellano, señala una procedencia europea. Es evidente que se encuentra muy enfermo.
Disparó la primera pregunta con dificultad -¿Un hombre proveniente de una gran ciudad viene a enclaustrarse en este pueblo olvidado, solo para rudos hombres de campo? Le contesté con otra pregunta -¿ya se supo? Miró a los campesinos desparramados en las mesas y luego hacia la puerta, como queriendo señalar lo ínfimo de la presencia humana en la inmensidad de la llanura pampeana. Volvió sus ojos oscuros hacia mí. -Claro cómo no saberlo, son tan pocos -le dije. Sus manos temblaban y noté una evidente dificultad para respirar. No obstante trató de ocultar esa debilidad.
-¿Qué hace usted acá? ¿Qué busca? Le dije llanamente la verdad -estoy mal de trabajo y mi mujer me quiere lejos, o quizás yo quiero estarlo. Esbocé una sonrisa, buscando en su cara una chispa de humor y aprobación. Solo una máscara impenetrable analizaba cada gesto mío. Quise irme, me levanté y dije estar cansado. Me tomó del brazo y dijo -¡Siéntese! No pude oponerme y quedé otra vez a su antojo. Allí supo en una catarata de palabras quien era, donde vivía mi familia, que trabajos había realizado, mis estudios y hasta mis preferencias políticas. Él solo escuchaba y cada tanto como un bisturí, cortaba el relato, hacía una pregunta y yo continuaba.
El mozo trajo una cena frugal. Él no comió.
Al día siguiente, una vez que aceptara el trabajo ofrecido, partí a Mar del Plata a buscar algunas pertenecías y a explicarle a mi mujer el nuevo camino que tomaban nuestras vidas.
No hubo quejas, ella quería estar sola y yo también.
Tuve que realizar una serie de trámites en Buenos Aires. En el centro de la ciudad comenzaron los hechos, aunque la palabra es quizás demasiada amplia. Caminé cinco cuadras por la Avenida 9 de julio, doblé por Avenida de Mayo hacia el Congreso Nacional, dos hombres me seguían. Me detuve y pararon. Seguí, continuaron persiguiéndome a unos cincuenta metros. Al dar vuelta por Callao hacia Corrientes los perdí.
Al finalizar las diligencias, entré en La Americana, pedí una pizza y una cerveza. Los dos hombres sentados a solo dos mesas hablaban entre ellos. Alcancé a oír algunas palabras pero no identifiqué el idioma. Pagué y me fui, no me siguieron, tal vez solo fue casualidad.
El tercer día, ya en Mar del Plata, con la camioneta cargada de ropa, algunas pertenencias y mis libros, partí hacia el pueblo.
Al anochecer descargaba todo en  mi habitación del hotel. Bajé a cenar y otra vez estaba el viejo en la misma mesa. Me vio y dijo -Venga Mario siéntese.
Hasta ese momento mi nombre lo sabía solo mi nuevo patrón, hombre agradable y bonachón. Corroboró mis antecedentes y conocimientos y me contrató. Luego supe del accidente de su hijo, quien fuera su mano derecha en el negocio. Había quedado solo y con todo el trabajo. Requería de alguien dispuesto a secundarlo y a vivir en el pueblo lugar. Así entré al villorrio con facilidad y fui aceptado sin rodeos. Más tarde comprendí mi suerte. No era sencillo ser uno más en un pueblo con tradiciones que solían cerrar las puertas a los foráneos
Allí estaba cenando con el viejo que ahora me acompañaba con carne y vino. Noté que trataba de ocultar el temblor sus manos.
-¡Al fin lo tenemos entre nosotros! Va a estar bien, Don Atilio es un buen hombre, no lo defraude. -Jamás lo haría- le dije
-Cuénteme sobre usted- me exigió. Así le relaté mi vida, mis idas y venidas.
Un importante puesto de Administrador en Iguazú, Misiones. Una muy buena carrera administrativa. Al llegar el Peronismo mi mujer no soportó aquello. Siendo funcionario público todos debíamos obedecer al partido y sus prácticas. Fascismo puro. Ella me hizo renunciar a mi puesto. Así dejé ese buen trabajo. Regresamos a Buenos Aires y de allí a Mar del Plata. Conseguí una distribución de ferretería y aquí estoy
-¿Qué puesto ocupaba usted en ese lugar, en Iguazú?
- Sub Intendente, no era político sino de carrera administrativa.
-¿Su mujer se opuso a un gobierno que otorgaba derechos al pueblo?
-¿Derechos?, sí, algunos muy importantes. Claro que a cambio de embrutecer a las masas en lugar de educarlas. ¿Escuchó aquello de alpargatas si libros no, dicho por el peronismo?
-No, pero conozco muy bien al movimiento. ¡Mire a lo que llegamos ahora! ¿Qué opina del fascismo?
-¿Yo? En fin, lo ideal es la democracia, la elección libre de los representantes del pueblo. En ese momento una amplia sonrisa se apoderó de él y dijo mofándose
-¿Elección libre?, ¿Representantes del pueblo ¿Usted cree que la gente realmente elige en una democracia? Es un hombre leído y declara la barbaridad más grande. Mire Mario nosotros dos vamos a hablar un largo tiempo.
-Usted me agrada, casi veo en sus ojos mucho más que un simple campesino -le dije-.
-No soy un campesino. Trajo muchos libros, ¿Usted escribe?
-¿No hay acaso en este pueblo algo de privacidad? –le pregunté–.
-No, no la hay. Contésteme ¿Ud. escribe?
-Algo hago, pero nada importante, solo ensayos breves.
-Con eso basta. Ya hablaremos. Vaya a descansar es tarde.
-¿Cuál es su nombre? -le pregunté. Secamente dijo: Otto Luwing.
Se levantó sin decir palabra. Lentamente llegó a la puerta. Arrastraba una de sus piernas. La oscuridad intensa solo me dejó ver a tres borrosas figuras alejándose, una era el viejo.
Mientras pensaba en el extraño personaje, el canto de los grillos me trajo a la realidad. Un viento suave acariciaba los árboles. Las estrellas llenando el cielo me alcanzaron lejanos recuerdos de mi niñez. El gran caserón en Palermo. Mis padres llegados de Italia. Mis correrías por aquél barrio inmenso. Las aventuras en el arroyo Maldonado. Mi adolescencia. El recuerdo de mi padre que llego al país con algo de dinero y una sólida cultura. Mis hermanos y hermanas. Toda una época terminada. Nostalgia y también tristeza por la mala relación con mi mujer que pasa su vida trabajando sin descanso. Un sentimiento de culpa por escapar siempre. Por ser así, un solitario sin cariño, sin una palabra de aliento. Nunca una mano tibia al regreso al hogar. Escuchar siempre el reproche, la queja.
De pronto ante mi soledad, en esta llanura enorme abierta hacia el oeste y al sur, la luna apareció. Un hálito de tranquilidad y una breve paz inundó a mi inquieta alma. Entonces una música suave como de flautas muy tenues e indeciblemente dulces llegó a mí. Ese sonido de pura belleza recorrió la plaza. La melodía logró llenarme de gozo. En ese momento no logré saber que maravillosos dedos creaban tanta maravilla. Luego lo sabría y nunca más dejaría de soñar en mis momentos amargos con ella.


Después del descubrimiento del Diario y las cartas.

Luego del descubrimiento en el desván, pasaron varios días sin saber qué camino seguir. Si hacerlo público, investigar su autenticidad o simplemente guardar aquel largo relato de mi padre con cierto reconocimiento literario. Encontré peligroso dar inmediatamente a luz aquello. Se deban nombres, fechas, hechos de una naturaleza casi surrealista. Se acusaba a personas. ¿Y si fuese cierto? Lo que menos buscaba en ese momento era afectar de alguna forma mi posición social y trabajo.
Nunca imaginé el tremendo secreto que aquello encerraba. El riesgo en el que me pondría.
Mucho tiempo más tarde pude comprender la inmensa soledad de mi hermano. Luego de su escape permaneció varios años perdidos en la estepa patagónica, perseguido como una fiera. Finalmente regresó a Buenos Aires. Tiempo más tarde muere por un aparente ataque cerebro vascular. Aún recuerdo sus ojos en la camilla, minutos antes de morir.
En sus ropas encontré un papel arrugado con una sola palabra legible: Ana. Volví a tomarlo de la mano. Sus ojos se apagaron lentamente y finalmente murió. En aquel momento nada pude aclarar. Mi padre estaba muerto, mi hermano también y nadie en la familia había escuchado nada sobre un Diario escrito por papá.
Cuando preguntaba sobre el largo deambular de mi hermano, aparentemente prófugo, la familia se refería a ello como la aventura de un muchacho extraño. Nunca hicieron referencia a hechos fuera de lo normal.
Su entierro fue en un día de intensa lluvia, en el Cementerio de La Chacarita, en Buenos Aires. Llevamos a pulso su ataúd bajo la cortina de agua. El cielo cerrado había hecho descender la oscuridad en pleno día. Mientras los rayos cada tanto iluminaban aquel peregrinar entre las tumbas.
Me estremeció el sepulcro anegado al recibir el cuerpo de aquel muchacho que tantas penurias pasara.
Detrás de unos árboles dos hombres miraban la escena. En aquel momento no les preste atención, pero luego tomarían una dimensión siniestra.
Un mes después de encontrar el Diario me contacté con un amigo, residente en Israel, Eric Samuel Tohen. Juntos cursamos la escuela media. Eric, con su Licenciatura en Historia consiguió una beca en Jerusalén. Nos escribíamos regularmente. Ante la supuesta aventura de mi padre no dudé en consultarlo. ¿Quién mejor que un israelí para dilucidar la veracidad del escrito? ¡Qué error! Nunca me arrepentiré lo suficiente. ¡Si solo hubiese imaginado lo que se desencadenaría!
Eric me contestó en solo dos días, muy interesado, para él se trataba de una simple cuestión literaria. Me pidió que le enviara una copia en forma inmediata, lo que no hice. Algo en el tono de su voz me alertó, aunque no en forma consciente.
En la mañana, antes de recibir su llamada y mirar hacia el parque, un pájaro negro se detuvo largo rato mirando hacia mí. Grandes y frías nubes cubrieron la ciudad. Mi ánimo ya se había perturbado. ¿Coincidencia? quizás. Minutos más tarde llamó Eric y supe que algo ocurría.
Dos días más tarde en una de las esquinas de mi casa, apareció el primer hombre. Otra vez, desde un automóvil, estacionado en la vereda de casa, me observaron largo rato. Comenzaron a llegar correos electrónicos ofreciéndome dinero por el Diario.
Llamé a Eric. No contestó nunca más. Me contacté con la Universidad donde supuestamente trabajaba, no lo conocían.
Con la ayuda de un amigo que trabaja en Air France (Eric se quedaría unos días en París y luego volaría a Jerusalén), descubrí que nadie llamado Eric Samuel Tohen había volado en esa aerolínea. Intenté en otras sin resultados. Fui a su departamento en la calle Suipacha al 2300 en la ciudad de Buenos Aires. El encargado del edificio, un tal Walter, de mala gana me dijo que no conocía a ningún Eric. ¡Yo estuve allí muchas veces!, nunca me había topado con el encargado. Le pedí me acompañara al quinto piso C. Se negó, me dijo que hacía dos años un matrimonio vive allí. Le ofrecí dinero y subimos por el mismo ascensor como tantas otras veces.
El quinto piso, estaba oscuro. Noté que el encargado no sabía dónde se encontraba la llave de la luz. La encendí y nos miramos. Toqué el timbre en la misma puerta del departamento de Eric. Reconocí el picaporte, las manchas en la pintura en la parte inferior de la puerta, costumbre de él de empujarla con el pie.
Cuando se abrió estaba preparado para todo menos para lo que ocurrió. Una mujer de un metro ochenta, corpulenta, de unos cuarenta años, me miraba sin un gesto. Su cabello, de un amarillo intenso brillante, contrastaba con su traje militar. Emitió algunas palabras en un idioma incomprensible. La ventana detrás de ella llenaba la estancia de luz. Nada estaba allí como yo lo había visto. Lo asombroso es que no se entraba a living, primero se abría un pasillo ¡colocaron una pared!
Me fui de allí sin pronunciar una palabra. Huí por las escaleras, pasos inconfundibles me perseguían. En el segundo piso se abrió una puerta, alguien miraba lo que ocurría. Llegué a la calle, corrí cuadras. En el obelisco detuve mi carrera. No me seguían. Abordé el subte hacia Constitución, recuperé mi automóvil y tomé la larga carretera a casa.
Mientras la noche se abría ante mi marcha, mi mente saltaba de un pensamiento a otro. Volvía a Eric, a su desaparición, a la calle Suipacha, a los hombres que me observaron. ¿Qué debería hacer ahora? Entonces una idea llegó de pronto a mi mente. Se abrió paso con fluidez. ¿Por qué papá no dio trascendencia al Diario? Quizás no tomó en serio cada palabra de aquel anciano con quien conviviera un tiempo. Tal vez para él solo fue un viejo cansado al final de su vida. Aun estando frente al hombre más odiado de la historia, tuvo compasión de aquel ser que ya no podría causar más mal al mundo. Cabía otra alternativa, que el Diario encerrara un secreto que de hacerse público incomodara a ciertas personas, o tal vez diese alguna pista sobre algo que se buscaba. Podría ser entonces un arma realmente peligrosa. Pero en mi manos y habiendo transcurrido tanto tiempo parecían solo un montón de hojas y los dichos de un anciano sin poder.
¿Qué razón llevaría a algunos a perseguir a mi hermano Alejandro durante años? ¿Por qué me seguirían ahora a mí? Lo que es mucho más significativo y preocupante es ¿qué secreto había descubierto mi padre?


Alejandro

Mi hermano, huérfano al nacer, fue dejado al cuidado de unas tías solteras. Su vida transcurrió en viejo caserón, en un pequeño cuarto, entre personas mayores.
Cuando papá se casó con mi madre ésta no llevó a Alejandro a la nueva familia. Mi padre nunca se ocupó de él, sencillamente se fue sin preocuparse jamás por su hijo.
Ahora, tantos años después recuerdo mi propia historia, me veo libre, en un mundo sin cibernética, con muchas menos comodidades pero definitivamente feliz. La inseguridad, los problemas sociales no existían. ¡Fui libre! Acaso la felicidad consista en carecer de problemas.
Aunque tengo apenas un puñado de recuerdos con mi padre, siempre estuvo lejos, ello no me afectó.
Pero Alejandro sufrió su soledad que lo convirtió en un ser desprotegido y desamparado.
Pocos datos tengo de su niñez. Mi padre se casó años más tarde con mi madre y luego llegué yo. Mi hermano Alejandro siguió en aquella enorme casa del barrio de Flores, en Buenos Aires. Su carácter débil y sin una madre lo condenó desde chico a la dependencia. Sin iniciativas y con un padre que nunca estaba a su lado.
Imagino su tristeza al ver a papá con una nueva familia. Yo era chico y lamento enormemente no haberme acercado a él. Ahora ya es tarde. Así comprendemos, cuando ya todo es inútil, que aquello que no hicimos, la palabra justa, quizás un simple gesto de cariño, volverá en el futuro para recriminarnos.
En edad de cumplir, por entonces con el servicio militar lo confinaron en una pequeña Reserva Militar, en la isla Leones, allá en el extremo de la Patagonia. Largos años pasó cautivo allí. Y señalo palabra exacta: cautivo. Si bien una vez al mes cruzaban el peligroso canal y pasaban algunos días en Camarones, Chubut, siempre estuvo muy bien custodiado.
En aquel tiempo 1958 - 1960 el pueblo contaba con no más de 30 o 40 casas y muy poca gente. Las conexiones con la capital del país eran lentas y se tardaban días en llegar. Nadie salía o llegaba sin ser visto.
Esa pequeña isla rocosa se encuentra a un kilómetro del continente. Pero desde la costa hasta Camarones se necesita, aún hoy, recorrer largos sesenta kilómetros de duro camino. Solo huellas en el ripio.
Para cruzar hasta la isla solo contaban entonces con un bote a remo. Para montar las altas olas predominantes se requería temple marinero y mucha suerte. Los brutales vientos ponían en peligro a la pequeña embarcación.
La soledad infinita del lugar y el silencio, solo interrumpido por el aullar del viento en las noches y el tambor de la marejada convirtieron a mi hermano un hombre taciturno. Una dotación de cuatro hombres vivían allí. Una vez al mes recibían correspondencia y víveres.


Faro de la Isla Leones Código ARG HS: Arg-071
Funcionamiento 1917 a 1968 (*)
(*) Nota: La historia que se narra sobre los sucesos del escritor en la Isla, fueron publicados, como una historia en su libro “Historias de la Nada” en el año 2013. Sin embargo y ante la supuesta evidencia de varios hechos, aquí se la describe ampliada y ajustada estrictamente a la realidad.

Acicateado por las dudas sobre la autenticidad del Diario y las cartas de mí hermano, organicé un viaje a Camarones, allá en el sur de la Provincia de Chubut.
Estaba resuelto hacer una serie de entrevistas a los pobladores y llegar al faro. Si mi hermano había dicho la verdad, alguien recordaría algo.
No esperaba encontrar nada en la Isla Leones, pero necesitaba tocar aquellas paredes. Caminar la isla y recorrer cada sendero que había pisado mi hermano.
Actualmente toda la bahía de Camarones, el Cabo Dos Bahías y más al sur es hoy el Primer Parque Nacional Costero. Por lo que seguramente contarían con Guarda Parques, para guiarnos.
Buscando en Internet encontré fotos y archivos de viajes. Así conocí el nombre y la dirección de la única persona autorizada a llevar gente hasta el lugar. Me contacté con él y se puso a mi disposición. Tuve la suerte (eso pensé) que el baqueano en cuestión viajaría a Mar del Plata a buscar una nueva embarcación, apta para aquellas difíciles aguas. Un día llegó a la ciudad y lo invité a cenar a casa. Hablamos largamente. Establecimos una fecha y los primeros días de febrero partimos con dos amigos.
El viaje resulto largo y tedioso. A la tarde del segundo día nos encontrábamos en la entrada al pueblo. Camarones dista 70 kilómetros de la ruta nacional 3, la cual llega al sur del continente.
La palabra es “lejos", el pueblo es casi el fin del mundo. Lo recorrimos y solo encontramos a dos personas caminando por esas calles anchas de ripio y cantos rodados.
Nos alojamos en el Camping Municipal, único lugar (salvo un par de pequeños hoteles). Nos asignaron una habitación con vista a la costa.
Cocinaríamos en un improvisado galpón abierto. Aunque el furioso viento nos obligaría a calentar breves refrigerios en la habitación.
¡Al fin estaba en el pueblo donde alguna vez mi hermano viviera sus aventuras!
Salimos a conocer el lugar. En la actualidad cuenta con no más de veinte manzanas. Posee un breve puerto, una playa “céntrica” de cantos rodados, un muelle y un par de barcos chicos. Una mínima estación de servicio, un almacén de ramos generales y un par de pequeños mercados. Eso es todo.
Los días infinitos, el ulular del viento y el mar furiosamente blanco, nos entristecieron.
Al final de la playa del puerto encontré un viejo galpón ¡La Casa Rabal! Lugar que tantas veces mi hermano mencionara en sus primeras cartas. Su dueño supo ser un buen hombre que ayudaba a los marineros del faro. Entré al atardecer. Pregunté por los descendientes. Todos habían muerto. Su actual dueño no me dio explicaciones. Solo mostró algunas viejas fotografías y un par de botellones recuperados de la isla. Nada más.
Al siguiente día fuimos a la casa del marino quien nos aseguró que nos llevaría pronto al faro, en cuanto el tiempo mejorara. Éste hombre y su hijo cuentan con una embarcación que utilizan para asistir a las naves que no pueden acercarse al muelle. Aprovechando la obligada estadía comenzamos la búsqueda de los residentes más antiguos.
Mi hermano en sus cartas mencionaba varios nombres, entre ellos a un tal Lucero (dueño de un bar en aquellas épocas). En uno de los mercados alguien lo nombra  ¡esta con vida y lúcido! Minutos después golpeaba a su puerta. ¡La primera decepción! Una mujer joven nos dijo que no nos atendería. Buscamos sin éxito a otros. El viaje parecía condenado al fracaso.
Fui a comprar algunas provisiones al almacén de ramos generales Casa Rabal, allí se detuvo una camioneta y bajó un hombre mayor. Nos saludamos presentándonos. Fue imposible pasar desapercibido en aquel pueblo donde lo único que corre por las calles es el viento. Éste hombre, afable y simpático, lejos de rechazarnos, nos invitó  a su casa. Resultó ser el señor Gerardo Roberts. Charlamos una larga hora. Sin duda es una persona culta. Incluso nos proporcionó algunos de sus escritos. No se acordaba de mi hermano. En esa época se encontraba en Buenos Aires.
Nos relata una aventura en la Isla Leones. Permanencia que casi le cuesta la vida, al intoxicarse comiendo mejillones.
Fue sincero al decirnos que no tenía conocimientos de los submarinos, ni de alemanes en aquellos parajes. ¿Por qué le hicimos esas preguntas? Es uno de los puntos fundamentales de la historia que más adelante veremos. Pero algo sugestivo ocurrió. Señalándonos una foto en la pared nos dice -Uno de esos dos jóvenes era papá ¿reconocen al otro? No pudimos. Nos explica que era Perón joven, íntimo amigo de su padre. El padre de éste vivía en una estancia, en la zona. Solía venir su hijo en las vacaciones. Allí nos enteramos que en el pueblo funciona un pequeño museo sobre el tan discutido líder.
Nos despedimos no sin especular sobre semejante personaje en esas soledades.
Al siguiente día el viento seguía soplando del sur. El mar blanco por el oleaje no presagiaba nada bueno. A pesar del día salimos en una breve excursión de pesca. Navegamos unos cinco kilómetros. Ya en el lugar dos personas pescaron. Otra se preparó para bucear, yo lo acompañé. Allí abajo, a unos 22 metros descansa un barco de 60 metros de eslora. Se fue al fondo en solo minutos, al ser embestido de través por otra embarcación.
La tripulación pudo ser rescatada. Nos avisaron que tuviésemos mucho cuidado. Las redes están en cubierta, cabos, cables y elementos peligrosos. Yo estaba un poco cansado, el mar peligroso y ya habían pasado las cuatro de la tarde. Tenía que bajar. Descender en ese mar, llegar al fondo. Debía ver si un submarino podría haberse escondido en esos fondos. Minutos después flotábamos sobre las cubiertas abarrotadas de objetos. Grandes meros y un enorme salmón nos miraban sin asustarse. Entraban y salía por las escotillas abiertas. Su negrura nos llamaba a entrar. Allí, lejos de toda seguridad, imaginaba lo que habría adentro. Solo un demente se habría aventurado a ingresar en el naufragio. Veinte minutos más tarde subíamos lentamente. Aquello fue peligroso en extremo. 
El buceo fue una confirmación más de mis sospechas. Un submarino tendría unos metros más que aquel navío. Esos fondos podrían haber ocultado perfectamente a U-Boat (Ya veremos porque)
Camarones se encuentra en una gran bahía. En frente, la costa dista unos ocho kilómetros. Para poner pie en la Isla Leones hay que llegar al extremo sur de la bahía. Pasar por un estrecho canal entre otra pequeña isla y el continente. La navegación en total son cuarenta kilómetros. En ese paso se producen furiosos escarceos. La velocidad de la corriente suele ser muy peligrosa. Lo mismo ocurre al intentar desembarcar donde se encuentra el faro. Ante la imposibilidad de alcanzarlo fuimos a visitar al Intendente del nuevo Parque Nacional. Nos atendió con cortesía, previniéndonos del riesgo de la navegación hacia nuestro destino.
Abiertamente le mencione sobre la vida de mi hermano en esos lugares. Le comenté que en una de sus cartas cuenta que durante un mes se quedó aislado sin posibilidades de regresar al continente. En aquel momento compartió la aventura con otro marino. Debían sobrevivir solos. Si bien contaban con provisiones, se les agotaba la leña. Sin ella no podrían cocinar.
El bote había quedado en el continente. El camión de reabastecimiento descompuesto. El temporal no prometía detenerse. Así se quedaron sin leña y ello implicaba sobrevivir a fuerza de abrigo y licor. Contaban con una gran cantidad de latas de conserva pero no podrían prender el necesario fuego.
Cuenta Alejandro que un día salió a cazar, buscaba liebres y cómo último recurso carne de lobo marino. También podrían recolectar cholgas, vieras y pulpos, que obtenían en la costa.
En esa carta menciona al galpón de los ingleses. Hacia la orilla opuesta de la Isla se encuentra una vieja construcción. Lugar que lo llaman el galpón de los franceses. Allí a principios del siglo XX funcionó una planta que procesaba la grasa de los lobos y pingüinos. Mi hermano cuenta que se lleva la puerta para poder usarla como leña.
El Guarda Fauna me muestra una foto del lugar (sacada por él en uno de sus viajes a la isla en un control de la fauna) ¡Es verdad la puerta no está! Mi hermano la había usado para poder prender la cocina a leña que aún, después de tantos años, se encuentra allí.
Ocurriría otro significativo hecho, para el que no estábamos preparados. A solo unos cientos de metros vive el baqueano, quien debería llevarnos a la isla. Fuimos a visitarlo. Nos presentó a su mujer y su nuera. Brevemente le comentamos la historia de mi hermano y la llegada, a esos lugares, de extrañas presencias, mencionadas en sus cartas. Ella nos dice que vive en la Estancia San Jorge, a solo unos cuantos kilómetros del pueblo. Su abuelo, un alemán, había muerto poco tiempo atrás. La Estancia se ocupa de la cría de ovejas. Ante nuestra sorpresa nos dice que contaban con dos sótanos. Según su relato el establecimiento fue allanado pues las autoridades policiales. Suponían que allí habrían ocultado a nada menos que a Adolfo Hitler. Nuestra sorpresa fue mayúscula. No esperábamos semejante afirmación.
Nos dijo que visitáramos a su padre, quien nos contaría. ¡No podíamos creerlo! Pero ello no sucedió. La chica no volvió a aparecer en la casa de sus suegros. Al preguntarles a sus parientes simplemente dijeron que había viajado.
Nuestra estadía en el pueblo comenzó a hacerse sospechosa. Una mujer nos paró en la calle y nos preguntó qué estábamos buscando.
El siguiente día amaneció con muy poco viento. ¡Llegaba el momento de ir al faro! Volvimos a la casa del baqueano que ya tenía su embarcación en el agua. Todo listo, pero puso una excusa y otra vez la excursión se hacía imposible. Así pasaron 3 días más, de los cuales en 2 las condiciones fueron perfectas para la navegación de ida y vuelta. Nuevas escusas. Al fin comprendimos que no nos llevaría.
Tomamos una decisión. Iríamos a la isla por nuestros propios medios. Contábamos con tres kayaks. Si lográbamos llegar por los senderos y recorrer las huellas por más de sesenta kilómetros, estaríamos frente a la isla, más un cruce de un kilómetro. Eso sin contar con los dueños de los campos que abrirían fuego si nos viesen. Fuimos advertidos del riesgo. No diríamos nada. Simplemente nos despediríamos y al amanecer comenzaría la aventura.
Hay que llegar a la estación de servicio. Luego doblar hacia la izquierda (viniendo desde la costa) Allí comienza el camino, que se divide en dos. El de la derecha (en perfectas condiciones) es un paseo. Luego de recorrer 30 kilómetros se llega a un mirador, desde allí se divisa a lo lejos la Isla Leones. La huella de la derecha es la que lleva al faro. Es un camino difícil. Adrede los paisanos han dejado que se destruyera. Contábamos con un par de palas y tablas. En el caso que la arena atrapara nuestro vehículo tendríamos alguna oportunidad de liberarlo.
Pagamos la estadía y nos despedimos, avisando que nos iríamos muy temprano. No deseábamos que se enteraran de nuestras intenciones.
Al siguiente día iniciamos la travesía. Pocos kilómetros después, el primer cartel anunciaba “Camino Cerrado. Propiedad Privada” Pasamos la primer tranquera esperando algún balazo. Nada ocurrió. Faltaba poco para llegar cuando caímos en un pozo de arena. Nos llevó más de dos horas liberarnos. Los tablones nos sirvieron espléndidamente. Luego de horas de polvo y ripio ¡habíamos llegado!
Cubrimos el vehículo con una gran manta que lo camufló, escondiéndolo tras unos peñascos. Debíamos cruzar el canal.
El Guarda Fauna nos había advertido sobre el riesgo de las corrientes. La marea sube y baja a más de siete nudos. En el momento que pusimos los kayaks en el agua ésta terminaba de subir. Contábamos con unas horas antes que el canal se convirtiera en un infierno. ¡No imaginábamos lo que nos esperaba!
Yo iba adelante. Nos dirigíamos hacia la playa que se encuentra al sur. Único lugar para desembarcar desde la costa que mira al continente.
Remábamos presa de la emoción. Yo aún más. Quería pisar esas piedras perdidas. Entrar en las habitaciones. Subir la escalera, llegar a la torre. E ese momento imaginaba que tal vez encontraría alguna respuesta a mi búsqueda. Sin embargo una desagradable sorpresa nos aguardaba en esa soledad. La costa se acercaba.
Mi hermano contaba que una vez desembarcados les esperaba un arduo trabajo. Desde el mar hasta el faro, que se encuentra en lo alto de la isla, transportaban los víveres y elementos que necesitaban en una zorra. Los rieles aún están allí. En Internet pueden verse algunas fotos actuales.
Al fin pusimos el pie en la costa. Únicos seres humanos en decenas de kilómetros. Subimos las embarcaciones. Las dejamos dentro de uno de los galpones.
Mis amigos deseaban volver esa misma tarde. Yo insistí. Uno de ellos dijo sentirse agobiado. La vieja construcción les inspiraba un vago temor. Miraban hacia el mar en todas direcciones, como si esperasen que algo viniese hacia nosotros. Insistí en protegernos de los fuertes vientos pernoctando en una de las habitaciones. Nadie estuvo de acuerdo.
Armamos una tienda. Aseguramos las estacas; colocado piedras encima. Luego de una cena fría nos acostamos. Fue imposible mantener el fuego prendido por el viento. Apagamos el farol que nos brindaba algo de calor. Acurrucado en  mí bolsa de dormir no podía conciliar el sueño.
Hacia las tres de la mañana se desataron los hechos. En ese momento escuchamos un grito, al menos eso parecía, pero no un sonido humano, fue algo mucho más desgarrador, como si todas las gargantas del cielo se abrieran y vociferaran con la fuerza de un huracán. ¡Y eso era! Una tromba marina colosal chupaba cataratas de agua hacia lo alto. Tocó la costa y oleadas de piedras volaron succionadas por una fuerza increíble. Yo grité ¡al faro! Fue nuestra única posibilidad. Mientras la tienda de campaña volaba hecha girones, uno de mis amigos tropezó y cayó. En el fragor de los truenos y el mar que se acercaba lo escuché maldecir. Lo levantamos, sangraba copiosamente.
Miré hacia atrás y comencé verdaderamente a asustarme, el mar nos perseguía, golpeaba contra cada obstáculo. La espuma se abría como un cuerpo destrozado, se rehacía y continuaba hacia nosotros. Las piedras, el sendero, todo fue materialmente deshecho.
Mi amigo lastimado gritó que nos detuviéramos para descansar unos segundos. En ese preciso momento la oscuridad nos envolvió casi instantáneamente. Una negrura pegajosamente viscosa. Otra vez un rugido que helaba la sangre estalló en nuestra mente, como si un martillo inconmensurable descargara toda su fuerza. La isla entera tembló, entonces el rayo llegó en un fulgor blanco y azul. El cansancio y dolor del herido desaparecieron ante el espectáculo. En el frenesí de la locura llegamos. La única entrada, protegida por una fuerte puerta, nos recibió en silencio. Antes de cerrarla y con el último rayo explotando a poco metros, horrorizado vi una enorme masa de agua que se abalanzaba hacia nosotros. Coloqué un tirante de madera, esperando que resistiera. Quedamos sumergidos en la oscuridad.
Encendimos una linterna, entonces en el paroxismo de la locura el mar llegó hasta nosotros.
¿Qué puedo decir? ¿Cómo expresar en palabras el sentimiento, nuestra pequeñez ante aquellas fuerzas descomunales? ¿Qué es el hombre en comparación con el océano terrible y furioso? El golpe de la ola nos tiró al piso. Toda la estructura de la construcción se sacudió ante la masa de agua. Crujía, gritaba, cada piedra imploraba. Al golpearse la linterna se apagó. Tuve la sensación de encontrarme a miles de metros de profundidad, sofocado por la noche eterna y por el peso brutal de la presión.
Uno de mis amigos gritó -¡subamos!, escapemos hacia lo alto, ¡La puerta va a romperse!
Corrimos, trepamos a ciegas por la escalera caracol. Volvimos a encender la linterna, esa luz minúscula pero efectiva evitó que pisáramos los escalones podridos.
En una subida interminable para nuestras fuerzas, nos sostuvimos fuertemente de los pasamanos, lastimándonos por el gastado metal. El mar otra vez castigaba sin piedad cada roca.
Llegamos a la parte más alta. Pocos vidrios estaban en su lugar. La luz no se había encendido en años, los espejos ya no estaban. El viento ingresaba en la torre empujándonos contra las paredes.
Fue Pedro que gritó presa del pánico, “¡Miren el mar, el mar!” Enmudecimos y no dijimos nada más. La isla ya no estaba, el agua la había cubierto completamente. Aquello sencillamente no era posible.
Los truenos brutales e incesantes, los rayos hiriéndonos los ojos nos mostraban el frenesí de las fuerzas desatadas. En cada fogonazo inmensas nubes bajaban desde lo alto, como si todo el cosmos se abatiera sobre esa isla perdida en los confines del mundo.
Nos acurrucamos y pasamos aquella noche espantosa en silencio. Esperando que en un golpe del mar, el faro se deshiciese, llevándonos para siempre a las negras profundidades.
Cuando empezó a amanecer otra vez la isla apareció ante nuestros ojos. Atónitos corrimos por nuestros kayaks ¡estaban donde lo dejáramos! No encontramos ninguna explicación.
En el momento de subir a mi embarcación, a lo lejos una sombra pareció deambular intranquila. Mi hermano me saludaba quizás desde algún lejano limbo.
En el regreso a Camarones pensaba en él, en su destino, en la razón por la cual siempre fue un ser indefenso y perseguido.
En silencio cruzamos el canal y nos alejamos de aquel lugar.
La soledad puede jugar extrañas sensaciones a nuestra mente. Los viejos fantasmas revolotearon entre nosotros. Allí quedaban los recueros que solo yo podía entender.
El viejo armatoste de hierro aún guarda indolente la cocina a leña donde tantas veces Alejandro hiciera de cocinero. Utensilios, ollas, resto de vajilla. Un par de borceguíes. Latas donde se guardaban los alimentos.
Cruzando el canal vi por última vez el lugar donde se tejieron aquellas historias. El faro definitivamente apagado duerme su último sueño, como un marino que espera su próximo fin.
Como dije en Camarones recorrí casi cada casa, pregunté por los marinos, por aquellos hombres curtidos por los vientos. Busqué a los viejos habitantes (mencionados en las primeras cartas que Alejandro). Nadie recordaba nada. Todos mencionaron que cuando llegaron al pueblo el faro ya no funcionaba. Sin embargo sé que no es verdad. Ha sido claro que no ha sido así. Primero quien nos prometió llevarnos a la isla no lo hizo adrede. No pudimos hablar con el señor Lucero, quien conoció a mi hermano. La estancia San Jorge, dicho por una de sus actuales residentes, habría sido investigada por la supuesta colaboración para ocultar al líder nazi, muerto supuestamente en Berlín, mucho tiempo antes. Las extrañas residencias de Perón en Camarones, quien luego tuviese todo el poder y amplios vínculos con la Alemania de la guerra. ¿Verdad? ¿Ficción? ¿Casualidades? Demasiadas.
Regresé con una profunda tristeza y preocupación que acrecentaron un malestar creciente. Allí, sin duda, ocurrieron, hechos y tragedias. El aislamiento, el desamparo. La isla rocosa, abandonada a las brutales inclemencias del tiempo, me llenó de una preocupación creciente.
La negación de los pobladores a hablar sobre el Destacamento Militar fue perturbadora.
Los largos inviernos que tan bien relatara mi hermano en sus cartas. El mar aullando sobre la espuma. Las heladas noches cubiertas por un inverosímil manto de estrellas, el lejano norte. Todo eso inflamó mi imaginación y me dejó muchas preguntas.
Ahora el Diario y las cartas, han tomado otro sentido.
Regresé de aquel viaje con mi estado de ánimo alterado.
Durante días estuve intranquilo. Mi subconsciente tardaba en revelarme un hecho. Intuía que allí había visto algo que no podía recordar. Miré una y otra vez las fotos que trajera, hasta que se hizo la luz, una leyenda sobre una de las paredes internas del faro: O-16 LOC AZZ92 19011. Mucho más tarde esas letras y números volverían a mi mente como una luz reveladora. Son una prueba contundente más que confirmarían las presencias de extraños personajes en las épocas de Alejandro y la causa de su escape.
Como dije volví a ver mi hermano muchos años después en su lecho de muerte.
Debe quedar claro que él no leyó nunca el Diario de nuestro padre. Mucho más tarde llevo a cabo ciertas investigaciones, en el sur. Ese hecho, me consta, ocurrió casi al fin de su vida y significó otro dolor para él, quizás el más grande. Así conoció a nuestra hermana. Ella aún conserva la llave a ese conocimiento supremo al que he aludido. Nuestro padre nos ocultó la existencia de Ana y a ella la nuestra.


El largo viaje de los Lobos Grises al lejano sur
La “Rendición de Alemania”

A las 8,30 horas del 5 de mayo de 1945 cesaron su resistencia en el teatro de operaciones europeo las Fuerzas Armadas alemanas. El Almirante Doenitz, que había conducido hasta el borde del éxito total la campaña submarina alemana y que por mandato de Hitler asumía la responsabilidad de la rendición, comunicó mediante mensaje especial (núm. 0953/4) a sus preciados submarinistas la dramática nueva: Alemania estaba vencida. Al capitular automáticamente entró en vigor la operación “Arco Iris”: el grueso de la flota germana se hundía a sí misma. Ello provocó la inmediata reacción del Alto Comando Aliado, que exigió a Doenitz pusiera fin a la destrucción de buques en cumplimiento de las cláusulas de rendición. El 6 de mayo, por Radio Flensburgo, recordó al personal naval “...la prohibición de hundir los barcos o dejarlos inservibles mediante la destrucción de toda o parte de sus maquinarias o instalaciones”.
Efectuada la capitulación de Reims el 8 de mayo, ese mismo día el Almirantazgo Británico radió un mensaje a los submarinos alemanes en alta mar, advirtiéndoles que, bajo el riesgo de quedar fuera de la ley, “...deberán subir a la superficie; izando una bandera o pendón negro, informando respecto a su posición en lenguaje claro a la estación inalámbrica más cercana y seguirán navegando en superficie hacia aquellos puertos que les sean indicados, con torpedos desarmados y el cañón en crujía”.
El 8 de mayo se registraron las últimas acciones bélicas de los submarinos germanos. Frente a las costas del noroeste europeo fueron hundidos el vapor inglés “Avondale Park” y también un carguero noruego.
El 9 de mayo, a 50 millas del Cabo Lizard, emergió izando un paño negro el “U-249”, en acatamiento a las instrucciones de rendición. En los siguientes días más de sesenta submarinos se entregaron en puertos de Escocia, Irlanda, Gibraltar y Noruega; cinco lo hicieron en aguas norteamericanas y uno en Canadá.
El 11 de mayo la agencia informativa “United Press” difundió una noticia que causó sensación en Chile y Latinoamérica: el jefe del Distrito Naval Norte de Chile “habría” anunciado que un submarino alemán navegaba frente a Iquique. La misma agencia informó más tarde de una “conversación entre la tripulación alemana que pedía permiso para rendir el submarino en el puerto de Tocopilla y el Jefe de la Base que accedía a lo solicitado”. No obstante ésta y otras minuciosas “informaciones” de la U.P. al respecto, no se tuvieron en día posteriores más noticias del presunto sumergible alemán.
El 20 de mayo el “U-963” emergió cerca de la costa portuguesa y después de abrir los grifos de inundación, su tripulación abandonó la nave en botes neumáticos. Con la presencia de este último submarino, todo parecía indicar que finalmente el Atlántico estaba libre de submarinos alemanes.
Para fines de mayo el Almirantazgo Británico tenía en su poder a las más altas autoridades navales del Reich, como así también a los proyectistas de la guerra submarina. A ello había que agregar los testimonios de los jefes de flotillas; la información de los astilleros; el diario de operaciones del comando de submarinos y toda la documentación secreta; en resumen, la Kriegsmarine no tenía ya secreto alguno que no estuviera en poder de los ingleses. Así, éstos estaban en condiciones de establecer la cantidad de submarinos alemanes en alta mar al final de la guerra.
Sobre la base de la información disponible, fue que en la noche del 28 al 29 de mayo de 1945 el almirantazgo comunicó a todos los países que “... los buques que naveguen en el Atlántico podrán hacerlo con las luces encendidas”. No obstante su laconismo, en nada disminuyó la tremenda fuerza del anuncio inglés: después de casi 6 años, el Atlántico podría ser navegado sin temor a los “lobos grises”. Cierto era que aún se desconocían el paradero de algunos pocos submarinos, pero resultaba posible que sus tripulaciones hubieran destruido las naves y desembarcado secretamente en Noruega u otro lugar para intentar el regreso al hogar; también resultaba posible que submarinos considerados “averiados” en realidad estuvieran hundidos.
Cuando el 3 de Junio otro submarino germano se presentó ante Leixoes, Portugal, el periodismo de las potencias vencedoras difundió la teoría de “Hitler huyendo en submarino hacia alguna remota base secreta” y el de la “colaboración con Japón”. Si bien la Inteligencia naval de los Estados Unidos e Inglaterra no era influida por tales noticias periodísticas, no dejó por cierto de llamarles la atención la presencia de un sumergible a casi un mes finalizada la Guerra y las declaraciones de los jefes navales prisioneros. Una vez hecho esto y para tranquilizar la opinión pública, el 13 de junio el Departamento de Marina de los Estados Unidos hizo conocer la siguiente declaración: “si bien se desconoce la suerte de 4 ó 6 submarinos alemanes en el Atlántico, se cree que han sido hundidos... por otra parte se tiene la seguridad de que (en caso de que hubiera alguno) no operan ya en el atlántico y no es de creer que alguno tenga el suficiente radio de acción para llegar a Japón”.
En tanto la marina norteamericana emitía tal declaración, dos submarinos germanos, con armamento completo, se deslizaban a máxima velocidad bajo las aguas del Atlántico Norte, eludiendo todo contacto con naves de superficies.
El 9 de julio una dramática noticia conmovía a América latina; el crucero brasileño “Bahía” había naufragado en las cercanías de las rocas de San Pedro y San Pablo. El siniestro había ocurrido el 4 de julio, pero recién se tomó conocimiento cinco días más tarde cuando el carguero ingles “Belfa” comunico haber recogido una balsa con 33 sobrevivientes del “Bahía”.
En un primer momento las autoridades de la Armada Brasileña consideraron que la tragedia pudo ocasionarla una mina a la deriva, dada la seguridad de las pólvoras modernas que hacía muy improbable la explosión de la santa bárbara del buque por combustión espontánea. Pero 24 horas después de conocido el hundimiento, una noticia sensacional vendría a agitar al Brasil: Un submarino se rendía en la Argentina.
Sin bien no se encuentra relacionado directamente con las aventuras de mi hermano y las no menos extrañas de nuestro padre, existe otro hecho revelador y finalmente conectado con toda la historia. Al sur de Santa Cruz reposa, a escasa profundidad, otro Lobo Gris, un submarino alemán Clase XXI. En su vientre supuestamente se encontrarían contenedores herméticos, aprueba de agua con lo mejor de la tecnología alemana de finales de la Segunda Guerra. Podrán decir que es obsoleta. Es posible que no sea así. Y aunque así sea, allí se accedería a una información más que valiosa Podría ser una de las causas por la cual Alejandro fue buscado durante años. Pero no fue la única. Incluso, cuando todo parecía haber terminado, seguían tras él. Algo que suponían él debería saber. Es cierto que las razones de su escape y de su largo peregrinar por las soledades patagónicas fue la de salvar en aquellos momentos su vida.
Con el tiempo algunos llegaron a conocer su historia y creyeron que él había tenido acceso al inmenso secreto. Información que podría cambiar en parte a la humanidad. La llave de la vida. La posibilidad de procrear seres humanos sin enfermedades, sanos, con una mente lista para brillar entre todos. Un sueño y un peligro en sí mismo.
Cuando de nuevo en la casa de sus tías se creyó a salvo lo buscaron nuevamente. El Grial no había sido hallado. El método para lograr la juventud perfecta e increíblemente prolongada, seguía perdido. Sin duda buscaban a Ana. Él no tenía idea de aquello. Si bien, mucho más tarde, la conoció no imaginó sus extraordinarias posibilidades.
Si buscaban a Ana, si de alguna manera habrían trascendido sus peculiaridades, no tendría sentido la búsqueda del U-Boat en el sur patagónico. Imagino que lo que pueda hallarse en su interior aún es apetecido.
Ana es un objetivo, el submarino es otro. Sin duda la búsqueda de mi hermana fue y es lo más importante para quienes estén detrás de todo esto.
Alejandro se vio obligado a colaborar con los oficiales de los submarinos alemanes, dos Lobos Grises, allá en la Isla Leones. Es fundamental que el lector tome nota de la siguiente afirmación, por eso la recalco: La Guerra había finalizado quince años atrás. Supuestamente aquellas embarcaciones habrían estado operativas varios años después del conflicto.
Su actividad con los alemanes duró poco tiempo durante su permanencia en Isla.
A veces los alemanes se quedaban algunos días, una forma de relajarse de los largos y solitarios días en el mar.
Un muchacho que hablaba un español aceptable se hizo amigo de mi hermano y recorrían juntos la isla. Este alemán tendría unos veintinueve años y era el operador de radio de uno de los U-Boats.
Él le contó sobre la flota de submarinos que al final de la guerra trajeron cantidades de personas, militares y civiles.
Cuando el conflicto finalizó muchos submarinos fueron abandonados y hundidos. De hecho de los 1100 submarinos fabricados por Alemania en pocos años, más de 100 fueron reportados perdidos. Tal vez varios en combate pero otros sencillamente se esfumaron. Aparentemente las costas argentinas les sirvieron de refugio incluso hasta mucho tiempo después de la guerra.
Años más tarde, la Marina Argentina  emprendió una búsqueda amplia de los submarinos, en la costa norte de Río Negro.
El alemán fue más allá, le mostró una libreta con muchos nombres. Quienes habían llegado a la Argentina durante los últimos meses de la guerra. Le habló de una estancia en la Provincia de Buenos Aires, lindando con el mar. Fue el lugar donde se recibían a los “llegados”. Algunos permanecían un tiempo allí y luego eran derivados a otros destinos. Los de mayor rango eran transportados inmediatamente al norte o sur del país. A veces al oeste. Esta gran operación se cerró al finalizar la guerra.
Dos mujeres, una alemana y otra argentina compraron, prepararon y establecieron esa base de operaciones. La estancia funcionaba como tal y no despertaba sospechas. Claro que las autoridades argentinas dejaban hacer y no formulaban muchas preguntas.
Todos los trabajadores eran alemanes y el encargado de las comunicaciones (el establecimiento contaba con una disimulada y poderosa antena) fue nada menos que uno de los radiotelegrafistas del Graf Spee.
El muchacho alemán había realizado más de un viaje hasta aquella estancia. Alejandro memorizó y anotó alguno de aquellos nombres. Incluso en su pequeña libreta de tapas negras (que también encontré junto a sus cartas y al Diario de papá) habla de importante personajes. Pero eso no fue todo. Su “amigo” le narró, con lujo de detalles, como  una flota de once submarinos cruzó el atlántico. Bajaron desde Recife Brasil hasta el norte de Uruguay. Llegando a las costas Argentinas. Dos de ellos se entregaron en Mar del Plata, el 10 de julio de 1945 el U 530 con 53 hombres, al mando de Otto Wermouth y el 17 de agosto el U 977 con 31 hombres, al mando de Oberleut Nant Heinz Zchaffer. Además estos son hechos públicos documentados y publicados una y otra vez por muchos medios gráficos. Cualquiera que coloque en un buscador de Internet la frase “rendición de submarinos alemanes en Mar del Plata, Argentina”, podrá verificarlo y ver las fotos. También la llegada de funcionarios norteamericanos que investigaron hasta el cansancio a cada tripulante preguntándoles si habían traído civiles y o militares. A coro todos respondieron que no. Ni civiles ni militares, claro ellos eran Boy Scouts.
Si bien para la Argentina esos tripulantes eran “prisioneros de guerra” la historia fue otra. A tal punto llegó el apoyo Argentino que en la Base Naval de Mar del Plata se realizó una gran fiesta de bienvenida.
Los militares argentinos lejos de tratarlos como enemigos posaron en infinidad de fotos al lado de los marinos. Claro que las autoridades norteamericanas recriminaron esos tratos. Posteriormente se llevaron las dos embarcaciones y a sus tripulantes.
Volvamos al amigo de Alejandro en la Isla Leones. Una noche en que ambos se emborracharon el alemán dijo que en 1945 uno de los Lobos Grises, especialmente preparado para el largo viaje, llegó a menos de 100 kilómetros de Punta Dúngenes. En el punto más austral del continente americano, el extremo este de la Argentina, antes de cruzar el Canal de Beagle y llegar a Tierra del Fuego. (Esta información pude corroborarla por otra fuente hace poco tiempo. Ya hablaré sobre ello) Empezaba entonces la primavera de 1945. En aquellas soledades y con ese mar el apoyo logístico que necesitaron para ese desembarco fue formidable. Según el alemán por lo menos un barco argentino participó en la operación y desembarcó a todo el personal, menos dos marinos que volaron la nave. Los cuales llegaron a tierra en un bote inflable. Los esperaban con varios camiones. Hoy los restos de la nave reposan en un fondo no muy profundo. Seguramente su acero aun resiste en aguas heladas y mares bravos, pero allí está sin duda.
En mi gusto por la práctica del buceo creí, junto a un gran amigo, que nosotros dos llegaríamos al naufragio y realizaríamos uno de los descubrimientos más importantes. Una forma de mostrar la amistad argentina-alemana.
El conocimiento del hundimiento nos llegó sin ninguna relación con el Diario o las cartas de Alejandro. Mi amigo estuvo casado varios años con una hermosa alemana, que lamentablemente falleció por causa de una larga enfermedad. Ese matrimonio cobijó la amistad de un ex oficial alemán y su hija. Relación que perduró por años. El marino, en confidencias, le contó sobre su llegada a la Argentina en un submarino. Que la operación se realizó en el sur argentino. El mismo submarino que el amigo alemán le contara a Alejandro.
En diversas reuniones mi amigo le preguntó las coordenadas donde habían hundido al Lobo Gris. El alemán sistemáticamente se negó a ello.
Prueba de su pertenencia a la tripulación es la medalla al mérito que mi amigo conserva, regalo de la hija del oficial. Puedo describirla como un círculo de olivos en cuya parte superior despliega sus alas el águila alemana. Cruzando la misma un U-Boat remata la insignia. Entre el águila y el submarino una esvástica une el símbolo.
El hombre se enfermó y estuvimos es ascuas, esperando lo peor. Si moría y no nos daba la posición todo estaría perdido. Finalmente en el 2010 fallece. Mi amigo llama a la hija para darle las condolencias. Telefónicamente ésta le dice “Anote unos datos que le dejó mi padre”. ¡Era la posición del U-Boat tanto tiempo buscada!
Nos encontramos ansiosos en casa. Extendimos la carta náutica de Santa Cruz, Argentina. Colocamos las regla paralelas y trazamos un círculo. Contábamos con la Latitud Sur y La Longitud Oeste, en grados y minutos. Esto significa un punto en la carta. Faltaban los segundos. Por lo tanto la búsqueda comprendería un cuadrado de 00 a 60 segundos para cada lado. Recordemos que un grado es el equivalente a 60 millas náuticas, una milla es un minuto, un minuto corresponde a 60 segundos y un segundo a 30,6 metros. Todo está en relación a la circunferencia terrestre.
La búsqueda equivaldría a rastrillar un área pequeña del fondo marino.
Contábamos con G.P.S, un radar de barrido lateral para revisar sistemáticamente el fondo y hasta un robot que nos prestarían para filmar toda la nave. Soñábamos con sumergirnos y tocar el viejo acero, pero fue imposible ya que la operación implicaba recorrer el fondo a más de 70 metros. ¡Está hundido en un muy buen pozo! Cualquier trabajo de ese tipo requeriría una embarcación y tiempo que no podríamos pagar. Así que desechamos de muy mala gana aquella aventura.
Es importante señalar que el amigo del que hablo es un conocido periodista argentino. Según sus dichos, y no tengo razones para no creerle, realizó varias notas en la Patagonia sobre el ingreso de alemanes en submarinos.
En época de la dictadura fue “visitado” por cierto personal militar. El mensaje fue claro, si seguía investigando su vida no valdría nada.
Ahora el viejo submarino parecía llamarme desde los oscuros abismos, anunciándome que me esperaba…
Las viejas cartas de mi hermano, el Diario de papá, todo regresaba como piezas de un enorme rompecabezas. ¿Podría creer que todo aquello en realidad habría ocurrido?
Tiempo después de encontrar el Diario conocí a una persona, un técnico que trabaja para la Base Naval de Mar del Plata. Me narra una historia que le contara a su vez una mujer mayor. Esos dichos afirman que esa señora había presenciado el desembarco de un submarino alemán, de todo su personal. Año 1945.Varios camiones esperando a los tripulante. Luego presenció la voladura de la nave. Es la misma posición que tenemos nosotros. Es decir reafirma los datos dados por el oficial alemán fallecido y concuerdan con lo mencionado por mi hermano.


La Goleta y un Submarino,
1945 Bahía de Samborombón Argentina

Dije que encontré el Diario tiempo después de la muerte de mi padre y de mi hermanastro Alejandro.
He pensado que si saliese a luz, entonces podrían detectarme y comenzarán nuevamente las persecuciones. Quizás ya no en forma física, pero pueden existir otras maneras, tal vez más sutiles y peligrosas. Han ocurrido algunos hechos que no dejan de preocuparme.
Ellos saben que el tiempo es su enemigo. Los testigos van muriendo. Ahora tienen mucho más que perder ya que si no logran obtener la información pronto, la perderán para siempre. De allí el riesgo que puedo correr. Soy el último que puede llegar a poseer la información más valiosa.
Mi interés por la náutica trajo a mis manos una historia extraña, que parecería solo eso. Pero ahora a la luz de los hechos, todo encaja y se torna oscura y sombría.
El relato que sigue fue publicado en varios medios en Internet. Su resultado fue la recepción de una carta desde Italia, urgiéndome a presentarle todas las pruebas que tuviese sobre la presunta llegada de altos oficiales nazis a la Argentina.
El acontecimiento encierra un hecho fundamental, una lata supuestamente con aceite, recogida sin ninguna razón aparente, en pleno mar argentino, traído a bordo de una goleta. Eso ocurrió el día anterior a la entrega en el puerto de Mar del Plata del submarino alemán U-977. El envase portaría no aceite, como le dijera el capitán a su tripulación, allí posiblemente se encontrarían capitales, quizás diamantes, para la financiación de actividades alemanas. La nave no podría rendirse con esa carga, que seguramente habría sido confiscada.
Respecto de la relación entre la goleta y el U-977, es sorprendente la historia que personalmente me contara el Ingeniero... (No puedomencionar su nombre) en una cena en el Club Náutico de Mar del Plata, en la noche del 12 de julio del 2008. En esa ocasión un grupo de navegantes deportivos (veleristas) compartíamos buenos momentos. Tales reuniones solían realizarse una vez al mes. Éste Ingeniero contaba entonces con 80 años de edad, a pesar de ello su porte y forma de expresión no se habían visto afectadas en lo más mínimo. Había fundado justamente la Escuela de Náutica en Mar del Plata hace muchos años. Le referí que estaba yo preparando un Sitio Web denominado El Portal de los Barcos y que me interesaría su opinión. Me dijo -¿Quiere una extraña historia? -¡Sí!, le dije, y comenzó:
Estamos en 1945, por aquel entonces con un amigo nos iniciábamos en la navegación a vela. Surgió un viaje desde Buenos Aires a Mar del Plata. Un velero haría el trayecto y nos invitaban. Así podríamos realizar un sueño, nuestro primer crucero oceánico.
En el puerto de San Fernando abordamos una hermosa goleta. Fue adquirida en Inglaterra y en ella llegó el extraño marinero (con el que no cambiamos ni una palabra). Su Capitán, un hombre de 50 años, resultó ser conocido del padre de mi amigo. Así logramos un pasaje de ida.
Antes de la 12 de la noche zarpamos con un buen viento de través.
Un viaje de esas características por mar y a vela puede demorar no menos de 53 horas, en el mejor de los casos. Si sopla sur se agregan muchas más horas. No hay forma de navegar contra el viento y nuestro destino estaba justamente en esa dirección.
En una navegación a vela es importante avanzar aprovechando el buen viento.
En el segundo día nos encontrábamos a mitad de la Bahía de Samborombón. En ese lugar se abre un gran espacio y la costa se aleja muchos kilómetros. Anochecía.
El marinero, un hombre de gruesos brazos y abundante cabellera negra, de no más de un metro sesenta de estatura, nos preparaba la comida y servía en silencio. Sus ojos extraños y oscuros me observaban de tal forma que trataba de apartar la mirada. Su típica camiseta a rayas, su cuerpo fornido, una cara marcada y arrugada por mil soles delataban a un ser que había estado más tiempo en el mar que en tierra.
A las 21 horas el Capitán nos llamó e impartió una orden inconcebible  -Muchachos fondearemos aquí, nos esperarán. Michel y yo iremos a buscar unas cosas en el bote de apoyo. Inútil fue preguntarle por qué razón suspenderíamos la navegación, adonde irían cuando la costa estaba a kilómetros y de noche
-Ustedes se quedan y esperan. Fue la única respuesta que obtuvimos. Así sin saber que hacer permanecimos en absoluta oscuridad, con el temor que algún barco no llevara por delante. Sin luna no veíamos ni la proa del barco.
Las estrellas apenas se divisaban entre una tenue capa de nubes. Cada tanto el cielo sea abría y la Vía Láctea en pleno nos regalaba su luz.
El viento había cesado. Los catavientos, esos pequeños hilos que se colocan en las jarcias para señalar la dirección del que procede, pendían inmóviles. ¡Nunca sentí tan fuerte y profundo el silencio!, jamás tal desamparo.
El mar puede ser tolerante con el marino o brutal. Su humor depende solo de circunstancias que no podemos prever. La diferencia entre la paz de un mar tranquilo como un espejo y el infierno depende del humor de los elementos. Ahora ese sentimiento de temor y respeto se incrementaba en la oscuridad.
Un casi inaudible ronronear del agua contra el casco, parecía decirnos ¡aquí estoy! El mar en su bravura descansaba por ahora.
Nos ordenó apagar la luz de los dos palos. Solo una blanca en la popa, como un  mínimo ojo, nos mostraban a solo unos pocos metros.
Cuatro horas más tarde escuchamos un sonido que iba creciendo, era el movimiento de los remos en el agua. Finalmente el Capitán y el extraño marinero subieron a bordo. Portaban una lata negra. Ante nuestro asombro le preguntamos que contenía. Con un dejo de furor contenido en su voz nos dijo -¡Aceite para el Motor!
Nos miramos con nuestro amigo. La respuesta era inaudita. La goleta no necesitaba navegar a motor, para eso están las velas. Nadie en su sano juicio abandonaría a una tripulación, en una peligrosa zona de navegación, a oscuras para buscar aceite. Cualquier Capitán revisa toda su embarcación antes de zarpar y el motor es una parte de ello.
Llegamos a Mar del Plata en nuestro tercer día de navegación, bien entrada la noche. En esa época el Puerto Náutico Deportivo no existía como ahora (hoy lo comparten cuatro Clubes Náuticos). La noche había avanzado. El volver hasta nuestras casas sería complicado. Decidimos quedarnos a bordo y bien temprano en la mañana dejaríamos la goleta.
Al amanecer bajamos del barco muy contentos con la aventura y todo lo aprendido. Si bien el Capitán no dejaba de ser un hombre peculiar, nos enseñó unos cuantos secretos de marinería.
Pasaron muchos años. En una cena como ésta se me acercó un hombre y luego de observarme un rato me dijo -Usted es el Ingeniero... Estuvo trabajando en puertos en tal y cual ciudad en el extranjero. Le pregunté cómo conocía una buena parte de mi vida y continuó -Usted y su amigo el Señor…, navegaron en una goleta desde Buenos Aires a Mar del Plata.
-¡Así es!, pero cómo?
-Corría el año 1945 ¿Lo recuerda? Cuando ustedes desembarcaron a su lado estaba amarrado un submarino
 -¡Es cierto!
-Bien, ese submarino era el U 977, uno de los dos que se entregaron luego de terminar la guerra.
-¿Y nosotros que teníamos que ver?
-Sospechamos que podrían haber colaborado con esa nave, que estuvo navegando muy cerca de la goleta, o haber bajado personal.
-¡Nosotros no hicimos nada!
-No se altere, ya pasó tanto tiempo, después de todo solo eran deportistas. Un gusto Ingeniero buenas noches ¡cómo ha pasado el tiempo!
El Ingeniero había terminado su relato y su cena, se levantó, me miró, saludó y se dirigió hacia la puerta. Tomó el picaporte y se dio vuelta. Una sonrisa brilló por primera vez Dijo -¿Le gustó la historia? Antes de retirase por última vez me preguntó -¿Qué habría en la lata? Yo estaba anonadado, le dije que escribiría la narración. Me pidió que no lo nombrara.
La publique en la Web y fue al mundo. A los pocos días recibí un E-mail desde Italia. Una tal Sara Levy un poco ofuscada se presentaba y me exigía toda la documentación que podría yo tener sobre la supuesta llegada de jerarcas alemanes a la Argentina. Ésta mujer (conocida escritora israelí) me explicó que colaboraba con una rama de los servicios que buscan a los criminales nazis en el mundo. Junto a su carta recibí el link a dos libros en línea que hablaban sobre el tema. Hasta ese momento desconocía la frondosa existencia de literatura al respecto. Así conocí las diversas investigaciones que se llevaron a cabo en el país.


Investigaciones en las aguas Argentinas
En la búsqueda de los U-Boats

Permítanme hacer primero un comentario sobre los submarinos alemanes en las costas argentinas. He dicho que contamos con una buena cantidad de historias, avistamientos y hasta contactos con la oficialidad alemana que supuestamente venía en ellos. He recorrido el sur del país muchas veces en mis excursiones de buceo. Navegué sus costas, visité algunas  estancias y poblaciones cercanas al mar. Hablé con sus residentes y busqué la prueba definitiva que determinase de una vez la presencia de esas naves.
En una de las estancias, en Chubut, el mayordomo (luego de mucho hablar y tomar mate) me llevó a uno de los galpones. Mi sorpresa fue mayúscula, aún funciona un generador eléctrico. Pude leer claramente la fábrica alemana. El paisano, muy confiado me dice ¿Ve Don? Es de uno de los submarinos que anduvo por acá. Y esas latas con esa cruz rara, eran de combustible. Perplejo alcé una de los bidones, la cruz “rara” era una esvástica. ¿Quién tomaría de un U-Boat un generador? ¿Cómo lo habían sacado?
Datos hay cientos, pruebas abundan, aunque no son definitivas.
Supongo que al igual que ocurre con las leyendas, no todo es cierto, es más, muchos son temas disparatados. Pero la verdad se oculta muy bien debajo de las inconsistencias contadas una y otra vez. En éste caso hay mucho más.
Bastante se ha escrito y realizado en la búsqueda de los submarinos alemanes en aguas argentinas. El lugar más “famoso” es la Caleta de los Loros, cerca de las Grutas en Río Negro. Alguien dijo haber visto desde el aire la sombra de un submarino. La marea lo cubría y lo hacía visible regularmente. Nunca apareció. Se hicieron intensas búsquedas. Incluso la Marina Argentina barrió la zona sin resultados.
Si existe un gran profesional del mundo submarino es sin duda Tony Brochado. Tuve la oportunidad de estar en su casa en San Antonio Oeste, en Río Negro. Recibí de primera mano la información sobre aquella frenética carrera por encontrar un sumergible alemán. Tony trabajó a pedido del Diario Ámbito Financiero en la expedición. Armaron un campamento a orillas del mar. Durante días barrieron los fondos sin éxito. Pero hay algo interesante y sugestivo que Tony me dijo, necesitaron una guardia armada de la Prefectura Naval Argentina. El campamento tuvo protección pues fueron amenazados. Esto es absolutamente verídico.
Le pregunte a Tony si aún cree que uno o más submarinos estén en algún lugar. Dijo
-¡Sí están! Solo es cuestión de tecnología, no le quepa duda.
¿Por qué no aparecieron cuando fueron buscados? Es sencillo. Me viene una terrible frase a la memoria “miente, miente algo quedará”. Se ha querido ocultar la verdad. Nadie quiere reconocer el apoyo brindado al perdedor de la Segunda Guerra ¿Y si hubiesen ganado? Tal vez nuestra historia hubiese sido otra.
Supongo que gran parte de la información sobre avistamientos de los Lobos Grises en Argentina es adrede falsa. Es sencillo ocultar la verdad con datos incomprobables, pero les aseguro algo los Lobos Grises, o lo que quede de ellos están allí abajo, en la profundidad Argentina.
Muchos son los intereses, a pesar de los años transcurridos, para que todo se pierda y se diluya en el tiempo. (Claro que sin de dejar de buscar lo que tanto les interesa). Finalmente le escribí a Sara Levy. No obstante algo es cierto: los oídos de algunos están siempre abiertos. ¿Por qué razón? Ya ha pasado tanto tiempo. ¿Qué importancia podría tener? Hay algo más, que ellos, los alemanes que llegaron a Argentina dejaron y que es fundamental encontrar. Es claro que es la información que desesperadamente han buscado sin éxito.
Un dato más para el lector: Recién en el 2020 Estados Unidos “desclasificaría” la información que poseen sobre estos temas. Pregunto ¿Por qué? ¿Qué ocultan si ya pasó tanto tiempo?

1945 - Cuatro meses después
de finalizada la Segunda Guerra

En tanto que dos de los U-Boats se rendían en Mar del Plata, otros Lobos Grises siguieron su curso al sur, entre ellos el U-Boat Clase XXI mencionado.
Recordemos que la guerra termina en 1945. Ya antes había comenzado la operación de transporte de Jerarcas y diverso personal Alemán a Sud América.
Es interesante hacer mención a un documento fundamental, del Ministerio de Marina de la Argentina, recientemente desclasificado,(llegó a mis manos por la gentileza de un amigo Ex Inteligencia de la Marina) enviado a su Excelencia el Señor Ministro de Relaciones y Culto Dr. César Ameghino, el 17 de mayo de 1, Bajo Letra SP 2 Número 49 PR (Para Personal Reservado) y dice textualmente: “Tengo el agrado de dirigirme a V.E. para comunicarle que a raíz de una información suministrada a este Departamento, según la cual, submarinos alemanes se encontrarían en caminos cuyas direcciones coinciden con los que ya vienen hacia nuestra costas, he puesto sobre aviso a las Escuadras de Mar y Ríos y a la Prefectura General Marítima, con el propósito que puedan adoptar las medidas pertinentes ante la posible eventualidad de que su intención sea entregarse o hundirse, en proximidades de nuestro territorio. Aprovecho la oportunidad para saludar al señor Ministro  con las expresiones de mi más distinguida consideración”
De semejante documento surge claramente el perfecto conocimiento que las autoridades conocían perfectamente los movimientos de los submarinos alemanes. Además se aseguraba, en el más alto nivel político, que un grupo ya navegaba hacia Argentina y otro podría -aparte- entregar o hundirse.
La historia que se relata sobre la vida de Alejandro en el Faro y su posterior escape ocurre, como mencioné, desde el año 1959 al 1961. Luego huye y se pierde durante años, escapando por la Patagonia.
Dos años antes, en 1958, nuestro padre traba una fundamental relación amorosa con Frida, que traerá impensables consecuencias mucho tiempo después.
Muerto Alejandro transcurrió largo tiempo hasta el hallazgo del Diario en la casa de mi tío. Allí me enteré de la tragedia de mi hermano y de las andanzas de papá. Abrí la Caja de Pandora. Así nuevamente desperté el interés por la búsqueda del mayor secreto.
Los Lobos Grises navegaron las aguas argentinas durante años de terminada la Segunda Guerra. Operatividad que como dije decididamente requirió del apoyo de las autoridades locales.
Mi hermano cayó en la red que tan hábilmente tejiera el por entonces gobierno argentino con los últimos líderes nazis y por su puesto con el beneplácito de los norteamericanos. Ellos permitieron todo el movimiento de jerarcas alemanes en Argentina. Así fue más sencillo el control. Además necesitaron muchas veces de su consejo. Cada uno de los desarrollos tecnológicos para la guerra, aviones, submarinos y armas de todo tipo, que fueran tomadas por el ejército norteamericano, requería de información para su estudio y fabricación posterior. Era obvio que no podían hacer públicas tales relaciones. Además con el mundo dividido y el riesgo de la URSS el gobierno Norteamericano necesitaba de la “Inteligencia Alemana”. No olvidemos que tuvo que unirse medio mundo para vencerlos. Esto lo comprobaremos absolutamente del Diario de mi padre. Su amante alemana, al final de su relación, le contará todo con lujo de detalles.
Claro que algunos que no integraban el grupo de privilegiados, como Eichman fueron dejados a su suerte y a veces (solo a veces) capturados, aunque aquí también existen serias dudas.
Ciertos documentos recientes dicen que Eichman trabó una relación política con el gobierno argentino, con el absoluto conocimiento norteamericano. Los israelíes se decidieron, solos a su secuestro. Durante el juicio se temió que el imputado hiciera una declaración sobre profundos secretos militares. Eso no ocurrió. Si eso es cierto, se abrirían situaciones insospechadas. No obstante ello no es parte de la historia que nos interesa. Pero permítame el lector sospechar algo: lo buscaron a Eichman ¿por qué no a Mengele que atendía como médico en Buenos Aires, con su propio nombre, y tantos otros? Es una buena pregunta.
Al momento en que Alejandro debía cumplir con el servicio militar, nuestro padre amigo del Jefe de la Armada, consiguió colocar a mi hermano en el Comando en Jefe del Ejército. Así estaría cerca de su casa y podría volver casi todos los días.
Pero él fue castigado por largo tiempo al destacamento militar de la Isla Leones, en el lejano sur.
Una vez allí ya estaba perdido. Supongo que la llegada de los alemanes a la Isla no estaría planeada antes de su llegada. Sencillamente habrán recibido órdenes desde Buenos Aires y ese lugar fue, en esos tiempos, un punto más de contacto.

La Vida en la Isla

Si bien Alejandro había sido “condenado” a permanecer durante todo su Servicio Militar y más aún, en aquel lugar, no lo tomó tan mal. Ello podemos apreciarlo en las pocas cartas que le enviara cada tanto a sus tías. En esos duros marinos encontró camaradería y vivió una aventura única. Una experiencia límite para un chico porteño que jamás sospechó como cambiaría su existencia. Así dejó su vida de ciudad y comenzó a transformarse en hombre.
Sin embargo esos mismos militares lo hubiesen matado a fin de evitar que hablara sobre lo que ocurría allí. Hasta ese momento decisivo fueron sus camaradas. Él llegó a sentirse casi un igual.
Cada mes, a veces cada dos, también cuando se festejaba una fecha patria o la de un santo, los marinos del faro viajaban a Camarones, para salir del encierro.
Recorrían los largos 60 kilómetros, sin caminos, hasta el pueblo, donde alquilaban una casa, Allí se armaban mesas de juego. No faltaban las carreras de caballos y los bailes. Alejandro no se perdía nada. Jugaba a todo lo que podía. Imagino el cambio que se produjo en él.
Como he dicho menciona a varios personajes y lugares. Uno era un bar, sitio obligado de reunión de los pocos parroquianos que habitaban el entonces el pequeño villorrio. Nos cuenta como ellos se servían en el bar, como si fuese su casa.
Nombra también a un Club. Un lugar de tiro al blanco. Dos hoteles (el de arriba y el de abajo), según la ubicación (en la zona más alta o baja del pueblo). El de arriba pertenecía a un chileno cuya mujer se entregaba por dinero.
Nombra a tres negocios de Ramos Generales que abastecían a la comunidad. En aquella época los comercios llamados almacenes contaban con una variedad de mercadería y acopio, dadas las enormes distancias que lo separaban de los grandes centros poblados. Casa Victoria, Casa Rabal, y Casa Gil. Uno de los bares pertenecía al Hotel España y el otro a Lucero. Formaban también parte del lugar, una pensión y varias casas particulares.
Según mi hermano la propiedad que alquilaban era lugar de juego y refugio de ladrones. Otras casas son señaladas arriba del cerro.
Hace mención especial a las maestras de la escuela de Camarones. Imagino la vocación de esas jóvenes chicas en semejante páramo.
En uno de sus relatos Nos cuenta que en una de las estancias, en plena estepa patagónica, vivió durante varios años Amalia. Fue enviada por el gobierno nacional junto a un grupo de profesionales recién recibidas para la escuela de Camarones.
En la Estancia San Jorge le habían dado un  Zaino negro. Con el que ayudaba en las tareas de recoger hacienda lanar en la temporada de esquilas. Cuando las ovejas sufrían el estrés de quedar sin su vellón y los más pequeños perdían a sus madres. La maestra, debía recogerlas a caballo.
Aquellas maestritas hacían patria mientras el drama se preparaba muy cerca, en una lejana e ignorada isla de los mares del sur del mundo.
Entre otros temas señala el permanente olor a pescado que envolvía a todos, claro ejemplo de una de las principales actividades del lugar.
En cuanto a las gentes de ese tiempo es interesante la descripción y los nombres que nos da: Don Lucero muy atento y servicial. El mismo que quise ver y me lo impidieron. Otro personaje era el dueño del bar Victoria Julio Ivanovich, con cuarenta años, buen jugador, casado con una bella esposa, con dos hijas mayores.
Mi hermano narra la hospitalidad de los lugareños, casi perdidos en la inmensidad de la estepa. Tan lejos de todo. Imagino importante dar esos nombres. Si bien parecen no tener relación directa con la historia, están puestos de puño y letra por mi hermano y son parte de las pruebas irrefutables que poseo y que cualquiera podrá verificar.
Camarones era el lugar donde convergían muchos de los peones de las grandes estancias del sur.
Los temporales brutales, cuando llegaba el invierno, son dignos de leerse. Él se entretenía horas contando todo. Escribir y cocinar era casi todo lo que podía hacer. Imagine a la Isla Leones: apenas tiene 2 por 2,80 kilómetros. En su centro un galpón y el faro.
A pesar de ello aún algunos pescadores, esporádicamente, se refugian todavía en él. Los torreros de la Marina accedían a la isla cruzando el peligroso canal de unos 1,38 kilómetros, en el precario bote. En el cual cargaban víveres para más de un mes, equipos y el personal.
Era normal quedar aislados semanas enteras mientras el viento a más de 130 kilómetros por hora barría la Isla si piedad. Ni un árbol, nada que frenara la implacable fuerza de los elementos.
El silbido insoportable del viento contra las rocas aturdía los sentidos, hasta agotarlos. Luego la lluvia interminable y las nubes siempre negras o grises cubrían el horizonte. Ocultando el espantoso castigo que día a día soportaba la dotación militar. Las largas cartas tardaban a veces hasta dos meses en llegar a destino.
Tejía sus sueños, leía incansablemente y cocinaba para todos en una precaria cocina a leña.
En algunos cruces desde el continente a la isla, la navegación en el bote estuvo a punto de hacerlos zozobrar. Olas de hasta cinco metros creaban paredes para que aquellos pobres hombres no pudiesen llegar a destino.
Aterrorizado Alejandro una vez casi salta del bote, claro que desconocía que caer al agua implicaba una muerte segura por hipotermia.
Transcurrió todo 1959 sin más novedades que el clima bravo, salpicado cada tanto por días de poco viento, algo de sol y las fiestas en el pueblo.
Hacia el segundo año comenzaron los hechos que desencadenaron finalmente el escape.
Cuando los temporales impedían el reabastecimiento desde el continente, tomaba su rémington y salían a cazar en aquel roquedal en pleno océano atlántico sur.
Desde éste presente tan lejano lo veo en su escape, deambulando solo, perseguido y desamparado en el inmenso desierto patagónico. Librado a su suerte. Buscando alguna voz, una mano amiga. El calor de un fuego en tantos días solitarios.

La Casa-Faro

El faro se conectaba con radio a Trelew, donde pasaban las novedades y el parte del tiempo.
El agua la obtenían de la lluvia. En la ladera oeste, por la cual se accede a las construcciones, se construyó un muro de contención. Permitía juntar el agua que corría por la ladera para canalizarla hacia los piletones.
Fuera de la casa-faro se encuentran las cisternas de almacenamiento. Aún están allí. En el interior las habitaciones no tienen contacto directo con el exterior. Hay un primer anillo que circunda en su totalidad la casa para aislar las salas de estar. Buena idea para soportar el extremo clima del lugar. Otro detalle es que todo está construido en metal, placas remachadas como una embarcación. Ahora vemos cómo ha soportado tanto tiempo.
En el centro se encuentra un gran estar en el que se destaca la base de la torre. Entre ese espacio central y el anillo exterior se encuentran las habitaciones distribuidas en 360 grados. Cuenta con veintidós.
Como dije aún perduran algunos de los objetos que la Dotación utilizara hace tantos años. Recuerdos de un tiempo. Los pocos que logran llegar al lugar quizás ignorarán que quienes usaron aquellas cosas tuvieron sueños, alegrías y tragedias. Así es la vida.
En el breve tiempo que permanecí absorto en el faro, los imaginarios fantasmas me alcanzaron. La charla de aquellos hombres, el humo del tabaco en las espantosas noches de invierno, una botella de licor compartida. La radio, único vínculo con la civilización, desparramaba quedamente la música que llegaba entrecortada del norte.
Afuera todo se conjugaba para refugiarse junto al fuego. La lluvia, la dureza del viento. Las olas enloquecidas castigando las rocas. Dentro del círculo de acero, el breve calor de la madera encendida permitía entibiar un poco el alma.


El llamado a un U-Boat
El Fin de la Inocencia

Volvamos al primer encuentro de Alejandro con los oficiales alemanes. Corría el mes de febrero de 1960, desde la Isla, escribió otra carta a sus tías. Ya habían cenado. Solo tres hombres ocupaban el faro. Los demás estaban en Camarones. Con el temporal no podrían volver en varios días. Se encontraban aislados. Afuera la tormenta arreciaba. La lluvia golpeaba con furor los gruesos vidrios que protegían la luz en lo alto. Alejandro cumplía la guardia. Los destellos de los rayos lo hipnotizaban. Extasiado intentaba ver más allá del abismo negro de la noche.
Soñaba con volver a su casa de Flores en Buenos Aires. Caminar por la Avenida Rivadavia, entrar en algún cine. Ese sueño inalcanzable en lugar de entristecerlo, le daba esperanzas. Imaginaba que la aventura terminaría y el largo viaje en tren lo llevaría definitivamente a su mundo, lejos de la soledad.
El trueno estremecía la construcción imperturbable. Las olas a lo lejos estallaban en un blanco furioso cada vez que el rayo las iluminaba. El viento alzaba su grito ensordecedor en decenas de tonos. Aullaba, gemía y llegaba a su frenesí en la explosión del trueno, para volver a empezar una y otra vez.
El miraba la ametralladora sobre su trípode. La noche anterior había llegado hasta la costa en busca de pulpos. Subió el bote varios metros con un malacate. Se avecinaba la tormenta. Lo amarró fuertemente a dos gruesos hierros clavados en la playa de cantos rodados. Entonces vio las luces desde la costa. Textualmente dice en la carta “Anoche observé las señales desde la costa. Desperté al Cabo y él mandó un radio a Trelew. Pues aquí no hay gente en un radio de sesenta kilómetros a la redonda, Me dijo que puede ser alguien que se comunica con algún submarino, por eso me mandaron hacer la guardia en la torre. Domino con los binoculares un radio de 18 kilómetros. Que nos ataquen no hay peligro, ya que la única forma de acercarse es por mar y los vería. Ya probé el arma, disparando algunos tiros sobre la playa...”
Esa carta fue escrita antes de cenar y llegó a Buenos Aires casi un mes después. Nadie prestó atención al notable hecho que narraba.
Otra carta fue despachada mucho más tarde, pero esta vez no la envió desde la estafeta postal de Camarones. Fue mandada desde San Antonio Oeste.
En una de sus estancias en Camarones conoció a una chica, Mabel, la hija de un estanciero, viajaba cada tanto al norte. Así que aprovechó uno de sus viajes y le pidió que la despachara desde allí. Así se lo cuenta a sus tías. En ese momento se produce un cambio sustancial en su vida en la isla ya que comienza a compartir la llegada de los submarinos.
Aquélla monótona vida se vuelve repentinamente peligrosa. Sus jefes ven el riesgo que Alejandro contara lo que allí pasaba. Tenía que fingir. Hacer como que no le importaba. Debía aceptarlo todo. Temía que sus cartas fuesen interceptadas y leídas, por eso le pide a su amiga que las envíe desde otro lugar. Había comprendido en el peligroso juego en que se encontraba.

Carta desde la Isla Leones, 5 de mayo de 1960

Querida Magda, Lolo, Mariela y Enrique:

Les parecerá extraña esta carta enviada desde San Antonio Oeste, le he pedido a Mabel (la chica de la que les hablé) que la despache desde allí, viajará muy pronto. Han ocurrido algunas cosas y temo que los oficiales la abran y la lean. De todas maneras seguiré  enviándoles otras, cuando pueda, desde Camarones  para no despertar sospechas.
Recordarán que en la última carta les conté de las luces que descubrí en la noche, las mismas provenían desde tierra hacia el mar. En estos lugares desérticos no hay un alma. Cuando di el aviso estaba presente el suboficial y el oficial. Se miraron de una forma extraña. Hicieron silencio hasta que oficial dijo -esas señales deben ser para uno de los submarinos. Esa noche no se dijo nada más, aunque se me dieron orden de montar guardia en la torre.
Les conté de la gran tormenta que disfruté, mientras la estufa a gasoil apenas lograba contener el frió que pasaba a través de los cristales. Me había abrigado con la gruesa campera que Mariela me mandara en la última encomienda. A pesar de estar cansado y de mirar cada diez minutos hacia el exterior con los binoculares, pude leer parte de la novela de Jack London “Colmillo Blanco”. El sueño intentaba vencerme pero la jarra de café caliente sobre la estufa logró mantenerme despierto.
Desde abajo se oía un zumbido, mis dos superiores conversaban. A la altura en que me encontraba solo escuchaba un rumor,  de pronto, en el preciso momento que salía de la novela, del lobo en la nieve, unas palabras se hicieron totalmente claras
-Es imposible que realicemos los contactos sin que el pibe los vea.
-Se lo vamos a decir.
-Sí, pero ¿Y si después avisa?
-Sí, pero nada, carajo. Es una orden y basta, ya veremos como arreglamos el tema. Un frío corrió por mi espalda, algo pasaba y no sería nada bueno, sospecho que tiene que ver con los submarinos. Ya les contaré, pero la próxima carta saldrá de Camarones y no hablaré del tema, tengan paciencia. Más adelante Le pediré a Mabel que la mande de otro lado.
Alejandro.


Carta desde la Isla Leones, 10 de junio de 1960

Otra carta enviada por su amiga Mabel, esta vez desde Comodoro Rivadavia, tiene fecha del 10 de junio de 1960, aunque dadas las circunstancias las fechas son relativas. Dice lo siguiente:

Querida Magda, Lolo, Mariela y Enrique:

¡Pasaron tantas cosas desde la última carta! Ustedes no lo creerán. He tomado algunas precauciones. No puedo despachar inmediatamente cada carta. Debo esperar un viaje a Camarones para los reabastecimientos, guardé muy bien la presente, por temor a que la oficialidad la lea. Así en mis recorridas por isla para cazar liebres (son del tamaño de perros chicos), con mi rémington al hombro, encontré una cueva, un verdadero refugio natural, allí dejo lo que escribo. Mabel me hizo el favor de enviarla, esa chica es un sol. Estuvimos hablando y la verdad….es que a este marinero perdido tan lejos, le vendría muy bien una novia. Es la hija de Don Braulio, un productor de lana de ovejas en la zona. ¡Buen partido para éste porteño! A ella le gustaría vivir en Buenos Aires, ¡quién sabe! En una de esas…pero aún falta para que me den la baja y regrese. Además si quisiéramos formalizar un compromiso, yo debería tener trabajo. ¡Estoy cambiando!
Vamos a lo que está pasando aquí. Al día siguiente de las señales vistas desde tierra, el suboficial me llamó y me explicó que dos días después desembarcaría gente de un submarino para tener una reunión con el oficial. Dijo que vendría de muy lejos, así que le pregunté si de Puerto Belgrano o de Mar del Plata, se rió y me exigió guardar silencio, que no debería abrir la boca a nadie nunca y así tendría yo mis beneficios.
Un miércoles por la mañana divisamos la silueta del submarino. De un bote de goma descendieron cinco personas con extraños uniformes. Todos estábamos en la playa. A este y al sur de la isla, mirando hacia el mar, se abre una pequeña bahía que no se ve desde el continente. Si bien la profundidad permitía acercarse más, la nave permaneció lejos. La embarcación estuvo al rato sobre la playa ¡no podía creerlo! Marinos salidos del fondo del tiempo. El Capitán, tres marineros y un Oficial formaban la comitiva. Traían una caja de metal. El Capitán llevaba una campera de cuero con piel en el cuello. Me miró y pude ver en su pecho dos medallas.
Se me dio orden de alejarme, así que no pude entender lo que hablaban. No eran argentinos. Miraba la silueta de la nave, los dos cañones antiaéreos sobre la torreta. Buscaba saber la procedencia hasta que la imagen de una de las medallas abrió mi mente. ¡La Cruz de Hierro! Una de las condecoración más famosa Alemana ¡cuántas veces la había visto en las ilustraciones de la Enciclopedia de la Segunda Guerra!
¡Alemanes! El submarino es un viejo Lobo Gris Clase XXI, reconozco su forma y tamaño ¡Cuánto he leído sobre esas máquinas!, ahora estaba allí a mi alcance, pero la guerra terminó hace 15 años ¿Cómo es posible?
Esa maravilla fue una de las últimas que produjeron. Gracias a sus poderosos motores eléctricos y su casco, esos submarinos son capaces de sumergirse a 270 metros. Fueron los más rápidos !16 nudos de velocidad! 76 metros de eslora, 23 torpedos y ¡la increíble autonomía de 15.500 millas a 10 nudos!
Los alemanes y los argentinos intercambiaron paquetes ¿serán regalos? Cargaron en el bote una larga caja de madera que no había visto en el faro. Se saludaron y partieron. Media hora más tarde no quedaban rastros de la nave.
El Oficial se me acercó y dijo -¡ni una palabra!
Esa noche el suboficial envió un radio extraño, una serie de claves y posiciones, no pude entender claramente el mensaje. No era normal, nunca había ocurrido, es más me han entrenado como radio operador y aquello carecía de sentido. Pude entender solo unas letras, repetidas varias veces AZZ92.
Mis superiores intercambiaron extrañas miradas, era evidente que esperaban mi reacción. Nada dije. Traté de parecer indiferente.
Estoy preocupado, no cuenten nada y esperaremos. La semana próxima hay fiesta en el pueblo, así que saldremos de este encierro.
Un abrazo a todos y díganle a Mario que me escriba ¿Dónde anda?

Alejandro


Carta desde la Isla Leones, 14 de Julio 1960

Querida Magda, Lolo, Mariela y Enrique:

Espero que hayan recibido la última carta. El invierno se siente y me falta ropa, necesito camisas de frisa, ropa de lana y una buena campera impermeable.
Hace una semana que no podemos ir ni a la costa. El mar está terrible. Hay olas de varios metros, que entran en todas direcciones.
Tuvimos fiesta en Camarones. Fueron todos, incluso Mabel. Bailamos hasta agotarnos. Ella se fue y seguimos en la casa que alquilamos. Se armó una timba hermosa. El suboficial me regaló un montón de plata. Me dijo -anda a jugar, eres de los nuestros. Es evidente que ocultan algo, pero yo no digo nada. Sus negocios tendrán. No me explico donde se abastece el submarino, como llegó tan al sur. En fin veremos. Antes que me olvide, mi superior me preguntó por qué no les escribía, sospecha algo, así que les mando esta carta desde Camarones. He tenido cuidado así que no hay riesgo ahora que la lean.
Manden la ropa un beso a todos,
Alejandro, un marinero solitario.


Carta desde la Isla Leones, 17 de Agosto 1960

Querida Magda, Lolo, Mariela y Enrique:

Nuevamente esta carta va por medio de Mabel que viajó a Madryn.
Otra vez el submarino y los alemanes. En este desembarco bajó gran parte de la tripulación. Hicieron noche en el faro. Trajeron comida y bebida, no entendí nada. El Capitán habla separado de todos con mis compañeros. Juntos trasmitieron un radio, de nuevo esas siglas AZZ92.
Se les nota el cansancio de muchos días en el mar. A pesar del clima y el viento caminaron de un lado a otro de la isla, hasta cazaron a un lobo marino. Tienen una edad promedio de unos 40 años. Yo sigo siendo el pibe. Me invitaron cigarrillos, para mi sorpresa no eran alemanes si no ¡norteamericanos! Al fin tabaco de verdad, estoy cansado de fumar yerba mate.
Se llevaron tres grandes cajas que trajimos de Camarones, creí que eran suministros para nosotros. Yo no pregunto. Así que sigue el misterio, realmente no me importa, que hagan lo que quieran, mientras me dan unos pesos, así este pobre soldadito puede divertirse cada tanto en el pueblo.
Saludos y besos para todos. Hace tiempo que no pregunto nada de tío Federico y su mujer, cariños para ellos también. ¡Que Mario me escriba! ¿Qué le pasa que no es capaz de mandar cuatro letras?


El Escape de la Isla Leones

Esa fue la última carta desde la isla. Tiempo después escribió otras espaciadas que mandara a nuestro padre. En una de ellas relata sus últimas horas allí.
Llegaba el momento que nunca imaginó, escaparse, lo que significaba ser desertor. No le quedó alternativa. Una noche, después de la partida de uno de los submarinos, el Oficial y Suboficial (Alejandro se había ido a dormir) tomaron demás, alzaron la voz, él se despertó y los escuchó claramente
-El pibe sabe demasiado y es peligroso
-Mañana hablaremos y tomaremos una decisión.
Tenía que huir. Cruzar el estrecho, llevarse el bote, remar él solo, siendo la embarcación para diez personas. Acumular alimentos, ropa, un arma corta, para poder cazar.
Pensó que darían el aviso por radio y en pocas horas lo detendrían. Además Camarones quedaba a sesenta kilómetros y allí todos lo conocían.
Tendría que perderse en la estepa, alejarse no al norte, ya que seguramente lo buscarían en camino a Buenos Aires  Iría hacia el sur, no por la ruta 3, quizás al oeste, hacia la cordillera.
El invierno dificultaba todo más. Si se quedaba su vida no valdría nada.
Así que esa noche, sumido en la desesperación urdió un plan. No dejó nada librado al azar.
Por la mañana el viento había amainado un poco.
Se quedó solo en el faro por un par de horas. Estudió la carta náutica y el Libro de Mareas. Era miércoles, el jueves la pleamar sería desde la siete de la mañana. La marea correría a través del canal. Si salía desde la playa podría aprovecharla y llegar quizás más fácilmente al continente, lo que facilitaría la navegación.
Hizo una lista rápida de las necesidades mínimas: a) Ropa b) Alimentos c) Una pequeña tienda de campaña para protegerse de los vientos y la lluvia d) Mapas, unos binoculares pequeños, una pínula que oficiaría de brújula y demás elementos indispensables para soportar las inclemencias del clima en las estepas sureñas.
Sacó una pieza de la radio para que no pudiesen avisar enseguida. No tendrían el bote, que quedaría en el continente. Los bloquearía, al menos por unos días. Necesitaba tiempo.
Preparó una mochila, con ropa, una bolsa de dormir, una pequeña lona marrón, para acostarse o usarla para cubrirse y camuflarse. Tomó un arma, una luger y tres cajas de municiones. Esa arma de 1908, la vi mucho tiempo después en la casa de un tío. El Capitán de uno de los submarinos, en un segundo desembarco, se la había regalado al Oficial. En las cachas le habían grabado el águila alemana y una esvástica, seguramente en la Segunda Guerra. El arma es de 1907.
Llevar la pistola empeoraría su situación, pero la necesitaría.
El tema de la comida era complicado, las conservas en lata pesaban demasiado. Eligió todo aquello que le proporcionaría muchas calorías.
Tomó también un cabo de varios metros, un cuchillo de monte, varias cajas de fósforos, protegidas del agua, linterna, algunas velas, un yesquero (para producir chispas y prender fuego). Una radio Spica, pilas, papel, lapicera, analgésicos, antibióticos, algunas vendas, azúcar, café, un jarro de acero, una ollita, zapatillas, ropa y su par de botas.
Escondió todo cerca de la costa y esperó al siguiente día. Se alimentó lo mejor que pudo y se durmió rogando que no lo mataran.
En la libreta que llevó cuenta que esa noche soñó que volvía a Buenos Aires y denunciaba a sus superiores, lo condecoraban como un héroe y detenían al submarino.
Aún era de noche cuando despertó. Se colocó la campera,  un gorro de lana y una bufanda. El viento helado hizo que dudara, estuvo a punto de regresar y acostarse. En la costa recuperó su mochila y un bolso con las provisiones, los puso en el bote junto a un bidón con agua. Con un enorme esfuerzo logró que la embarcación flotara. Allí descubrió que a lo largo del bote estaba el mástil, la botavara y la vela junto a los cabos y jarcias. Seguramente el Oficial pensaba navegar en la mañana. No lo dudó. En un tiempo record todo estaba listo. Subió al bote que había puesto proa al viento.  Movió la caña del timón y dócilmente el pesado bote comenzó a moverse. La ruta sería otra.
Comenzó a soplaba un fuerte viento sur, tanto que mi hermano tomó una mano de rizo, es decir acortó la vela para reducir la enorme fuerza que generaba el viento. El bote igual escoraba casi 30 grados, por lo que debía derivar y volver a orzar cuando las olas lo permitían. Ahora se dirigía al norte.
Hacia las tres de la tarde pasaba Camarones, pero lejos de la costa. El viento seguía claramente del sur.
Ató la caña del timón en un momento en que las olas lo permitieron y logró comer y beber. Antes del anochecer se encontraba a muchos kilómetros. La suerte lo acompañaba. Si se hubiese bajado frente a la isla, apenas podría haber recorrido quizás 20 kilómetros.
Ya era de noche cuando enfiló a la costa y desembarcó. Lo supo después, había pasado Trelew y estaba al sur de la península de Valdés ¡logró recorre más de 230 kilómetros! Toda una proeza por que la navegación no era toda en línea recta.
Existen algunas personas que a pesar de no tener práctica con la navegación a vela, poseen la maravillosa e innata capacidad de navegar. Alejandro no solo logró dominar el pesado bote. Hizo mucho más. Según narró, varias veces las olas estuvieron a punto de voltear la precaria embarcación. Una mano en la driza de la mayor, la otra en la caña del timón. El viento y una habilidad única lo alejaron lo suficiente de la isla Leones, para que su rastro no fuese encontrado.
La suerte lo depositó en una pequeña caleta. Bajó todo y empezó a caminar, pero volvió sobre sus pasos, hizo algo peligroso pero sencillamente inteligente. Sacó su arma y disparó varias veces debajo de la línea de flotación. Los disparos atravesaron el bote en ambas bandas. Se desvistió, subió a la embarcación y la hizo navegar, amarró la caña del timón y se lanzó al agua. Casi congelado llegó a la costa. El bote no tardó a hundirse. Nunca más lo encontrarían, ni tampoco su rastro.
Repuesto del frío y tras un buen trago de ginebra partió hacia la inmensa y solitaria estepa patagónica. Ahora estaba solo y lo buscarían.
El cansancio lo dominaba. Encontró una pequeña saliente rocosa, extendió la lona y se durmió enseguida.
Por la mañana, prendió fuego con unas maderas y desayunó. Según sus cálculos estaba cerca de la Península de Valdés. No debería ingresar en ella. Caminaría hacia el oeste, tratando de evitar los pueblos y las rutas. Buscaría una Estancia para conseguir trabajo. Mientras tanto no enviaría cartas ni llamaría a sus tías, ya que el hacerlo denunciaría su existencia y su paradero.
Luego de varios días de búsqueda por mar y aire, la Marina finalizó la búsqueda. Es notable que nada se dijo, ni siquiera a su familia. Un silencio hermético cubrió la huida. Oficialmente se lo dio de baja, como a cualquier ciudadano que termina normalmente el cumplimiento de su Servicio Militar. Su familia guardó silencio.
Sus tías habían leído las últimas cartas, por ello imaginaron que había escapado. Simplemente esperaron con gran preocupación.
Como la Marina desconocía las cartas que mi hermano hiciera enviar a su amiga Mabel, no interpelaron a la familia. Si hubiesen sospechado algo, vaya a saber qué hubiese pasado.

El conocimiento del desembarco del Submarino Alemán

Aquí tenemos un punto importante:
Uno puede suponer que la oficialidad del faro trataba con los alemanes en forma particular. Tal vez contrabandeando diversos elementos y que la Superioridad desconocía totalmente esos sucesos, sin embargo no es así. Al más alto nivel se ocultó la huida y deserción. Al darlo de baja no hubo una investigación, pero durante cuatro días se lo rastreó intensamente. Esto surge de dos periódicos de la zona. Mencionan escuetamente la búsqueda de un marino perdido en el mar. 
Estimo que hubo muchos actores en esta tragedia. El o los submarinos trabajaron apoyados sin duda por el poder político de turno. ¿Qué hacían en nuestras aguas esas naves? ¿Cómo lograban mantenerlas y contar con repuestos, víveres, combustible, etc.? No puede haber otra explicación que el suministro permanente desde tierra y mar.
Es evidente que quienes fuesen necesitarían una base en algún lugar.
Respecto de otros submarinos, cuya llegada a la Argentina tenemos totalmente documentada, el U530 y el U977 en Mar del Plata, en 1945, ocurrieron tiempo después de terminada la II Guerra en Europa.
¿Cuántos otros llegaron a nuestras aguas? ¿Cuánto tiempo estuvieron operativos? Son preguntas inquietantes. Recordemos el reciente documento desclasificado, en que las autoridades argentinas hacen específica mención a la navegación hacia nuestras costas de varios submarinos en 1945.


El U530
El Acta de Rendición y la gran recepción en Argentina

En mis investigaciones, respecto de la información mencionada con lujos de destalle por papá y mi hermano, encontré algunos documentos no relacionados directamente con ellos pero sumamente sugestivos. Veamos la acogida que tuvieron los marinos del U 530 en su rendición en Mar del Plata en julio de 1945.

“En Mar del Plata a los diez días del mes de julio del año1945, por la presente y ante el comandante de la División de Submarinos de la Armada Argentina, Capitán de Fragata Julio C. Mallea, el comandante del submarino alemán U 530, Teniente de Fragata Otto Wermuth, rinde incondicionalmente el buque a su mando y lo correspondiente tripulación cuya lista se agrega al acta. El Teniente de Fragata Wermuth declara que el submarino U 530 del que ha desembarcado toda su tripulación, se encuentra en condiciones de seguridad, que a su bordo el único explosivo existente es el de una cabeza de torpedo sin percutor y que no hay ningún elemento o dispositivo previsto para hundir el buque o dañarlo total o parcialmente. Este acto, con la lista del personal agregada, es redactado en castellano y alemán, labrándose cuatro copias en cada idioma. El texto en castellano es el único auténtico. Firman la presente acta el comandante alemán y el comandante argentino actuantes.”

(*) "El 10.7.1945 arribamos a la Argentina. En la madrugada llegamos al puerto de Mar del Plata. Todas las armas, torpedos, maquinarias y aparatos importantes fueron destruidos y arrojados al agua. Los motores Diesel del sumergible fueron hechos funcionar sin agua y sin aceite a fin dejarlos inservibles. Amarramos dentro de la Base Naval Argentina. El capitán fue llevado al despacho del comandante. Fuimos abordados por aproximadamente 30 marinos argentinos. Nos recibieron calurosamente, nos abrazaron y nos regalaron cigarrillos. Antes de bajar de la nave dimos un triple "hurra" a nuestro submarino. Luego nos trasladaron al acorazado Belgrano. De inmediato nos dieron una excelente comida, con abundante fruta tropical. Luego nos trasladaron a unas barracas. Nos sentimos muy bien, teníamos buena comida y hasta de vez en cuando la banda de música tocaba para nosotros en el comedor.
Tomaron nuestros datos personales y entre otras visitas, recibimos la de funcionarios de las embajadas británica y estadounidense y también de altos oficiales argentinos. El tratamiento en la Base fue muy bueno. Pusieron a nuestra disposición todos los implementas deportivos. Después de dos semanas de cuidados nos trasladaron a Buenos Aires y de allí a una isla (Martín García). En ella permanecimos ocho días. Los argentinos querían que nos quedáramos, pero ante las presiones de los yanquis, tuvieron que deportarnos. Nos trasladaron al hotel de Inmigrantes en Buenos Aires. Los oficiales encargados de nuestra vigilancia hacían compras para nosotros. Por la noche bebíamos abundantemente y la comida era buena, con toda clase de exquisiteces. Tuvimos que firmar cualquier cantidad de autógrafos e intercambiamos infinidad de recuerdos. Teníamos que cantar continuamente, total había bastante aceite para nuestras gargantas. Antes de trasladarnos al aeropuerto nos sirvieron un suculento desayuno. Al arribar a la base aérea otra vez un “sacrificio”: otra comida. Nos sacaron innumerables fotos acompañados por la oficialidad argentina. Uno de los pilotos tenía dolores de cabeza, así que una parte de la tripulación quedó un día más en la Base Aérea (donde nos habían trasladado) Por la noche nos llevaron al cine. Nos dieron los lugares de honor en compañía de los oficiales argentinos. Luego otra vez a comer, a beber y a cantar. Lástima grande que tuvimos que abandonar ese hermoso país. Hubo una gran despedida. El Comodoro de la Base dijo en su discurso de despedido que no nos consideraban prisioneros de guerra, sino simplemente camaradas alemanes. Luego se despidió uno por uno de nosotros, estrechándonos la mano. Mientras tanto la banda de música tocaba: “Viejos camaradas”.
Apenas tenga la posibilidad pienso volver a la Argentina. Tengo muchísimas direcciones e invitaciones.
El traslado en avión a los Estados Unidos tardó cuatro días, entre trámites y esperas. La estancia allí fue buena, tanto el alojamiento, como la comida y el trabajo.
En barco nos trasladaron a Bélgica y desde el puerto tuvimos que marchar con nuestras mochilas al hombro infinidad de kilómetros hasta el campo de prisioneros.
El tratamiento por parte de los belgas  fue pésimo. Nos trasladaron al campo número 2218. Tres días después nos llevaron al campo número 22. Antes de llegar otros prisioneros de guerra nos gritaban que les tiráramos los cigarrillos y otras pertenencias, ya que nos iban a quitar todo. Realmente nos sacaron todo: relojes, ropa, cigarrillos, jabón, en fin todas nuestras pertenencias. Tuvimos que dormir en carpas en el suelo con una manta, pese al frío reinante. No se nos permitía hacer fuego. La comida era una basura. Te puedes imaginar que los ingleses y belgas los tengo en el estómago peor que si hubiera comido 10 kilos de jabón de fregar. Después de once semanas de este miserable tratamiento en Bélgica sigo aquí. Soy el único que quedó. Al resto de mis compañeros del submarino los trasladaron a Inglaterra”.

(*) Traducción de una carta del año 1947escrita desde un campo de prisioneros de guerra en Bélgica por uno de los tripulantes del U 530 dirigida a un familiar en Alemania.


Alejandro y su deambular por la Patagonia

Nunca sabré que pensaba papá de su hijo abandonado a su suerte. Tampoco porque nunca fue en su búsqueda.
Respecto de su doble vida en el pueblo con su amante no lo culpo. Entiendo que en aquella época no era sencillo blanquear una relación como la que mantuvo. A cualquier hombre podría haberle pasado. Además el matrimonio con mi madre no funcionaba bien. Ella hizo mucho por mi hermana y por mí, en aquellas épocas difíciles. Sin embargo nunca sentí, ni en mi infancia ni adolescencia que nos faltara algo. A diferencia de mi hermano crecí con un gran sentimiento de fuerza interior. Ello ayudó a que la distancia entre mis padres no me afectara.
Vuelvo a pensar en lo singular de la conducta de mi padre, que ante los hechos extraordinarios que vivió, hiciera silencio. Sobre todo por haber convivido con el hombre más odiado del planeta.
Ninguno de nosotros supo con quién compartiera aquel tiempo. Al menos eso suponía. Tal vez él pensara que nadie le creería, a pesar de la foto y un par de recuerdos que el Anciano le obsequiara. Su relación sentimental con Frieda, adorada por aquel viejo enfermo, pero aún lúcido y poderoso, traería finalmente consecuencias que aún llegan hasta nuestros días.
Finalmente mi hermano escapó de aquella prisión en la Patagonia. Casi congelado llegó a la costa y se perdió durante años su paradero. Deambuló de estancia en estancia como peón rural. Años más tarde, totalmente cambiado regresó a casa de sus tías.
Como dije papá no se preocupó demasiado por su hijo. Solo hizo varias llamadas a su amigo militar, en el más alto nivel. Comprendió que estaría en algún lugar en el sur del país. A su vez Alejandro no imaginó, tiempo después, las correrías de nuestro padre y menos aún con quien se encontraba.
Que huyera por causa de un submarino alemán y que papá, estuviese en un viejo pueblo con quien fuese en otras épocas un ser poderoso me desconcierta. Como he mencionado ambos hechos finalmente estuvieron relacionados.
Alejandro se sabía perdido. Regresar a Buenos Aires significaría su fin, sería detenido y acusado por desertor. Creyó que su familia correría un gran riego si lo escondía. Quienes quieran que fuesen no permitirían nunca que él dijese la verdad. Además no contaba con pruebas. Lo único que había intercambiado con uno de los alemanes fue la medalla, que yo encontré en una de las cartas. (La cambió por una pipa). ¿Pero que prueba era esa? Por más que lo pensaba solo le quedaba el escape, dejar pasar el tiempo, esperar.
Mientras caminaba hacia el oeste, mi hermano pensaba en los ideales que acuñara cuando se afilió al Partido Comunista y fuera la causa de su castigo en la isla Leones. A la precaria luz de una vela escribía incansablemente en su libreta.
Imaginaba un mundo nuevo. Una luz que brillara sobre la inmundicia. Que la verdad llegara como una tromba de agua dulce y fresca sobre las conciencias. Soñaba con la posibilidad de un cambio tan enorme que los propios pilares de nuestro “conocimiento” caerían hechos añicos. Comprender que lo aceptado durante generaciones no era más que una sarta de inventos, elucubrados para mantener el statu quo. Para que todo siguiera igual, así las masas de la población creerían que se producían cambios. Que el ciudadano es respetado. Que hay valores. Si el saber llegara, tal vez muchos seguirían su vida sin comprender lo inmenso del nuevo mundo por crear. Otros abrazarían esa nueva esperanza como una oportunidad única.
Cuando todas las ideologías hubiesen desaparecido, allí brillaría ahora una antorcha nueva, deseada, ansiada, como la palabra de un queridísimo profeta, largo tiempo esperada.
Sí, muchos no lo entenderían, pero el encantamiento ya se habría roto y muchos caminarían el nuevo sendero. Sin velos, sin más mentiras. Sin dogmas.
Andando con sus pocas pertenencias, ese segundo día, soñaba con eso. No era un guerrero, solo un pobre muchacho asustado, que deambulaba en soledad en las grandes estepas del sur.
Visto ahora, desde la distancia, con el conocimiento de la tragedia de las utopías, todo se ha vuelto gris. Con el fin de cada sueño, pienso con tristeza en la naturaleza humana. En lo prodigioso de tanta estupidez de un ser al que se le ha dado la maravilla de la mente Y sin embargo solo unos pocos han hecho añicos el sueño colectivo.
La sociedad igualitaria, con las mismas posibilidades para todos, se terminó un día. Brutales guerras sangraron a los países ahora “libres”. Dejando abierto solo un camino, el del puro capitalismo. Así en nuestro siglo XXI no solo los países periféricos son los que sufren la pobreza sino los países más ricos también. 
Cierro los ojos y veo a mi hermano caminando y caminando, mientras se acercaba la segunda noche. Creyendo en sus sueños, en un mundo mejor, más humano.
Abro cualquier diario leo hoy cifras escalofriantes. En Estados Unidos hay millones de seres sin empleo, al igual que en Europa. Las clases medias caen y caen. Ya no quedan sueños, ni siquiera esperanzas de mejorar. Así las tasas de suicidio trepan en esos lugares. Y eso sin pensar en el drama del África, muchos de sus países abandonados definitivamente a las hambrunas terminales y a las guerras con armas fabricadas en occidente.
El capitalismo ha creado éste horror social, un salvajismo nunca visto. ¿Sabe por qué? por la falta de ética de las economías desarrolladas y también porque sus reglas maximizan las desigualdades. Las economías trabajan así para el 1% de la población mundial que tiene el 47% de la riqueza del planeta, sin impórtales ningún costo. ¿Hay que acabar entonces con el capitalismo?, ¿Con la fuerza individual que crea riquezas y nuevas tecnologías que mejoran, a veces la calidad de vida?
Lo que todo deberíamos hacer es comprender.
Los mandatarios de los países que manejan la economía mundial, siempre son designados por la expresión del poder financiero mundial.
Se acercaba la segunda noche y Alejandro no encontrando refugio alguno. Armó su pequeña tienda de campaña en lo más profundo del desierto. Aún contaba con algunas velas. Encendió una. Afuera el viento corría en aquella soledad. Por un instante se asomó y miró maravillado aquel cielo casi blanco de estrellas. Calentó una de las latas de conserva bajo esa mínima pero fundamental llama y cenó.
Antes de dormirse escribió el registro del día (que luego utilizaría para enviar sus cartas). Antes de cerrar los ojos pensó en el hombre. En un nuevo orden mundial que lo libraría de las ataduras. Faltaba poco…
Luego de cinco días de dura caminata, cruzó la Ruta ocho.
Cuando sus provisiones se agotaban llegó a un camino que se bifurcaba, debía elegir. En el de la derecha se marcaban claras huellas de carros. Otra vez la suerte fue en su ayuda. A lo lejos una camioneta se acercaba, levantando grandes nubes de polvo. El hombre al volante, tal vez desconcertado por ver a ese muchacho parado en la nada, aminoró la marcha y se detuvo. Alejandro se acercó y el conductor le preguntó a donde se dirigía.
-Estoy buscando trabajo, señor –le dijo–. Tal vez su forma de expresarse, distinta a la de los rudos hombres del lugar, le llamó la atención. Quizás su aspecto de tremendo cansancio. Lo hizo subir y lo llevó a lo largo de la Ruta cuarenta. Hablaron poco, ya que mi hermano agotado, no tardó en dormirse.
Hacia el anochecer se despertó justo cuando la camioneta entraba en una tranquera. Le preguntó al hombre donde se encontraba. En mi casa muchacho y hay trabajo, pero primero a cenar y descansar, mañana hablaremos –le dijo–. Así terminó aquel día.
Antes de acostarse, en el galpón destinado a los peones, caminó hasta el aljibe a lavarse. La luna inmensa asomaba desde el horizonte y comenzaba su carrera en el cielo nocturno. Se sentó, por un breve instante, sobre un tronco. Un cachorro se acostó junto a sus pies, entonces en ese mínimo momento, respiró hondamente y se sintió por primera vez en mucho tiempo feliz. Atrás quedaban meses de largos sufrimientos (a pesar de sus escapadas a Camarones y sus juergas apañadas por los oficiales) Se alejaban los malos recuerdos. La lucha contra la brutal e indiferente naturaleza. Sí, el viejo faro en aquella isla perdida, en el remoto sur, ahora sería solo un recuerdo. El submarino, los alemanes, el suboficial, todos. Se acostó y anotó estas impresiones. Su último recuerdo fue para Mabel. Quién sabe si volvería a verla.
Se despertó a las nueve de la mañana, mucho después que los peones.
A las seis ya todos estaban en el campo en sus puestos. Se levantó rápidamente y fue a la casa principal. Golpeó con temor. Don Eusebio Díaz abrió la puerta sonriente.
-¡Muy bien el nuevo peón ha descansado! Alejandro casi tartamudeando, sin saber que decir se excusó
-Lo siento, señor me quedé dormido
-Ya veo, ya veo, ven a desayunar y charlamos.
-No Señor. Voy a trabajar ¿Qué hago?
-Ya habrá tiempo, quiero que me cuentes sobre vos y ¡toda la verdad! Acá estarás seguro.
Mi hermano al escuchar la palabra seguro se puso rígido, pero al mirar los ojos de Don Eusebio comprendió al instante que aquel era un buen hombre y que no correría peligro. Así que una vez que desayunara abrió su alma y contó todo.
Si es verdad que los ojos son el espejo del alma, los de su nuevo patrón irradiaban la luz de un ser amable y bondadoso. 
El hombre robusto, con un buen estómago, sostenido por una rastra llena de monedas, con la cara bien colorada y gruesa nariz, manejaba la Estancia en plena Patagonia. La cría de ovejas y la producción de lana abastecían a buena parte del país.
Luego de escuchar la larga historia de su nuevo empleado le dijo:
-Muchacho acá tienes a un amigo, nadie sabrá nunca tu paradero, si no quieres. Hay que dejar pasar el tiempo y luego se verá, pero a tu familia hay que escribirle. Estarán terriblemente preocupados.
-Sí Señor. pero..
-Llámame Don Eusebio
-Está bien, pero si envío una carta sabrán mi paradero.
-Es cierto, ¿qué haremos?
Entonces recordó en un instante de dolor a Mabel, ahora la extrañaba inmensamente.
-Tal vez cuando usted viaje a algún lado podría enviar la carta, así no podrán rastrear la procedencia.
-¡Muy bien! Eres inteligente muchacho. Ahora ve a trabajar, recorre las instalaciones, algo habrá que puedas hacer.
-¡Gracias, gracias, gracias, Don Eusebio, haré todo lo que digan!
Así pasaron varios días. Mi hermano trabajaba hasta el cansancio. Su patrón maravillado no se cansaba de repetir una y otra vez al Capataz ¡es un excelente muchacho!
Luego de la primera semana todos lo apreciaban y cuidaban al “muchacho de la ciudad”.
Don Eusebio comprendió que mi hermano, por más que se esforzara en comportarse como un peón, nunca lo lograría. No podría pasar desapercibido. Sería peligroso si algún peón contara, fuera de la Estancia, que allí había aparecido un muchacho de la ciudad. Por ello inventó una buena historia y lo hizo pasar por su sobrino. Claro que todos lo trataban con respeto y no le daban tareas pesadas. Sin embargo él se enojaba y pedía el mismo trato que los demás.
Un día el patrón lo llamó y le dijo
-Prepara la carta, mañana salgo para el norte, así la despacho, no hay que esperar más –le dijo su patrón. Como había hecho con Mabel, fueron llegándole a su familia, de distintos puntos, cada vez que Don Eusebio viajaba. Pero no encontré esas cartas, se han perdido.
Allí estuvo tres meses. Fue feliz a pesar de la lejanía, del trabajo y de no poder regresar a su ciudad, a su casa, a su vida. Pero nada dura para siempre, ni es eterno. En algún momento el final llega inexorablemente.
Un día Don Eusebio llamó a mi hermano y lo invitó a cenar. Fue entonces cuando con lágrimas en los ojos le dijo que corría peligro, que tendría que irse.
Le habló de su hijo, casi de la misma edad que él, muerto al ser aplastado por un tractor. Supo de la muerte de su mujer, en el parto de su segundo hijo. Alejandro lo detuvo “Mi madre murió cuando yo nací” –le dijo–. Ambos se abrazaron llorando y allí entendió que lo quería como al hijo que había perdido.
-Ayer en el bar del pueblo tres hombres preguntaron por un muchacho de Buenos Aires. Nadie dijo nada, ni una palabra, por suerte. Tienes que irte antes que lleguen. Te llevaré bien al norte, a cientos de kilómetros de aquí. No te encontrarán. No quiero que te vayas…
-Es necesario, no voy a ponerlo en riesgo, y no sé cómo agradecerle.
Esa noche mi hermano estaba destrozado. Nuevamente debería estar solo y desamparado, pero también por el dolor que le causaba a ese buen hombre que tanto había hecho por él. Además cuando creía que ya lo habían olvidado, todo empezaba de vuelta. Huir, huir, quién sabe a dónde.
A la noche del siguiente día Don Eusebio despertó a Alejandro. La camioneta había recorrido cientos de kilómetros.
-Llegamos –le dijo–. Su voz reflejaba un infinito dolor. Se bajaron del vehículo. Estaban en una Estación de Servicio. Un cartel anunciaba que alquilaban cuartos.
-Quédate esta noche aquí y mañana bien temprano camina veinte kilómetros a través del campo, te vas a encontrar con una ruta de tierra. A tres kilómetros de allí hay un puesto, pregunta por Don Rosales y dile que yo te mando. Te dará trabajo. Cuando hayas descansado bien, arma tu mochila, llévate todas las provisiones que puedas cargar y ocúltate en los bosques no menos de un mes, te perderán el rastro.
Alejandro lloraba en silencio. Se abrazaron sin decir palabra y Don Eusebio partió, con su alma deshecha, hacia la noche.
Ahora mi hermano, parado en la oscuridad volvió a sentir el peso insoportable del desamparo.
Esa noche tremenda soñó con su cuarto, allá en la inaccesible Buenos Aires. ¿Dónde estaba ahora Dios, dónde?
En la mañana, luego de un buen desayuno regresó a su pieza y acomodó las pocas pertenencias que tenía. Su ropa, la pequeña tienda de campaña, un nylon para cubrirse de la lluvia, una frazada, su cuchillo y otras cosas que había traído de la Isla, incluso el arma. De pronto un grueso rollo de papel rodó por el piso. Asombrado lo levantó. Don Eusebio había escondido una pequeña fortuna. Junto al dinero una breve carta decía “Querido muchacho cuida mucho este dinero, si te lo hubiese ofrecido, sé que no lo hubieses aceptado. Voy a extrañarte, cuídate mucho te quiere: Eusebio.”
Sentado en la cama rompió a llorar. Aquel tierno viejo le daba no solo dinero (que necesitaba), se llevaba lo mejor que un ser un humano puede pedir: cariño.
Aquí sus notas se interrumpen, quizás por los lugares que tuvo que pasar, tal vez por la vida a la intemperie, que le obligaba a vivir casi como un animal.
Más tarde envía a nuestro padre, Mario, diversas cartas. No existió jamás comunicación entre ambos.
Preguntando yo (muchos años después) a nuestro tío Enrique si tenía noticias sobre aquella época de mi hermano, si mi padre le comentara algo, jamás le dijo nada. Aquellas cartas, aún después de tanto tiempo, amarillas y casi borradas, me sumen en un estado de desesperación y congoja.


Las Cartas (*)

Querido Papá
Te escribo estas palabras que quizás sean las últimas. Estos meses he pasado por grandes privaciones. Nuevamente sin techo. He tenido que sobrevivir parte del invierno a la intemperie. En uno de los pueblos que estuve solo un día, estaban buscándome. Otra vez el miedo. Esa misma noche tomé mi mochila y huí.
Muchos kilómetros en la inmensidad me alejaron de todo peligro. Encontré una cueva y allí permanecí casi un mes. Ya no te reirás de mí. ¿Cuántas veces me dijiste “no sabes hacer nada”? ¡He puesto trampas!, es tan sencillo. Cacé conejos y varias liebres. Logré hacer un buen abrigo con las pieles, ¡casi me convertí en un indio!
¡Cómo deseo saber de cada uno de ustedes! ¿Cómo están las tías? ¿Y Mariela? ¿Tu familia, Elsa, Germán y Liliana? ¡Qué ganas de volver!
Te escribo con la incertidumbre de no saber si recibirás ésta carta. Lo hago para no volverme loco. ¿Qué significa decirle algo al vació? ¿Cómo estar seguro que escuchas el ruego de un ser abandonado a su escasa suerte? ¿Cómo saber del cariño si nunca recibiré una respuesta?
Mi soledad es tenaz, dura y la imagino como una terrible compañera.
En el silencio de la noche, cuando el implacable viento golpea las rocas y agita los árboles con rudeza, escucho las voces. Extraños sonidos que ningún habitante de Buenos Aires supone siquiera que existan.
En los tristes días de lluvia he deambulado, tapado con un plástico, por bosques inhabitados. Absorbiendo hasta mi cerebro cada olor. El crujir de las ramas. El viento acariciando las hojas trémulas. El paso de los pequeños animales.
Cada anochecer, en que las sombras se extienden hasta la oscuridad absoluta, he sentido mi alma plena y menos sola. ¿Es posible que mi familia no me busque? Mi mal ha sido la ingenuidad. Tendrías que haberme sacado de aquel lugar miserable. Haberme protegido. Quizás hayas tenido tus razones. Tal vez no imaginarás al tormento a que me someterías y lo que es peor, la certeza del abandono absoluto.
El hombre no ha nacido para la soledad, al menos yo. Deseo tanto verlos. Ansío desesperadamente el contacto humano. Pero solo me queda esta vana ilusión que me escuchas. Como si estuvieses a hora a mi lado.
Cada día pienso en mi niñez en aquel caserón de Flores. Imagino a mi madre que nunca vi. Algunas veces lejanos pájaros sobrevuelan las rocas. Pienso que ella quizás sea una de esas aves y vea este pequeño y solitario punto,  perdido en la inmensidad de estas tierras solitarias pero también con colonias de hombres perversos y brutales. Aunque para ser justo  he encontrado seres nobles que me han dado su ayuda.
Nunca podrás imaginar el dolor inmenso que se siente no escuchar durante días y a veces meses una voz humana. Duele en el centro del pecho. Sorda y calladamente mientras lloro en silencio.
En estas últimas palabras igual te digo con todo mi corazón que te quiero y lo seguiré sintiendo aun cuando ya no sea nada para vos. ¿Qué me queda sino?
Termino contándote que ahora veo una enorme águila, dando vueltas tan alto. Es la libertad lejos de los hombres, fuera de todo.
Te quiere Alejandro.
PD Si aún vivo enviare otra carta en unos meses.

Querido Papá
Hoy no voy a seguir cargando mi desesperación sobre vos. Quizás todos paguemos las culpas y entonces el destino inexorable te alcance y veas el mal causado a tu hijo. Si no fuese así y solo quede el vacío del olvido, entonces nada importará. La muerte fría, inexorable y silenciosa, nos habrá alcanzado a todos y  el dolor infringido a los inocentes no tendrá sanción alguna.
Ni castigos ni redenciones, simplemente olvido. Si así es, tampoco existirá un dios y nada habrá valido la pena, ni el sacrificio, ni la esperanza. Ni preguntas ni respuestas. Y una eternidad vacua nos hará desaparecer.
Cuando ya el cuerpo no exista y la última persona que me recuerde, me olvide, entonces habré desaparecido para siempre. No lo sé, la esperanza de poder escapar de este infierno, de esta persecución tenaz e inexorable, se va perdiendo.
He soñado a menudo con la idea de un laberinto. Estoy adentro, intento encontrar no la salida si no el interior. Corro, llego a una pared y vuelvo a desandar el camino. Así pasan días y días sin encontrar el final de mi propio y único centro. Si allí está el Minotauro, cual monstruo temible, aún puedo derrotarlo y salir. Si por el contrario solo encuentro al Caos, entonces no tendré ya ninguna esperanza.
No, no voy a seguir echando culpas, me queda poco papel, está oscureciendo y se acaba la vela.
Quiero contarte una pequeña historia. En un lugar de nuestro ancho país encontré durante un mes trabajo (ya te dije que no puedo describir ni lugar, ni nombres, ni fechas, eso sería peligroso). Los últimos meses he tenido la dicha de poder trabajar para satisfacer las necesidades mínimas. El invierno ha pasado y aumenté mi peso en algunos kilos. Tengo nueva ropa y mi ánimo ha mejorado.
Conocí a un anciano muy querido y respetado, en la estancia. Ya no cumple tarea alguna y se ocupa de charlar con los peones. Por las noches nos reunimos casi todos, alrededor de un fogón y asombrados lo escuchamos. Él nos incita a participar, a hacernos preguntas. En un principio pensamos que estaba un poco desequilibrado. Por respeto a sus años le prestamos atención. Con el transcurrir de las noches comenzamos a comprender que aquel pequeño ser, casi centenario, era un regalo para todos nosotros.
Algunos muchachos, sencillos y con muy poca instrucción, se transformaron en hábiles pensadores. Diría cuestionadores. Ese hombre nos enseñó algo maravilloso, aprendimos a pensar. A comprender que la realidad, lo externo, todo aquello que creíamos verdadero, solo es el resultado de los impulsos que nuestros sentidos nos brindan. Así damos por cierto infinidad de temas que se nos imponen desde afuera. ¿Por quienes? Aquí esta lo terrible, por quienes poseen el poder. En forma metódica y sistemática preparan al individuo desde el nacimiento. Los padres ya han sido domados, se encuentran adaptados. Así el hijo bebe de la misma copa.
Una noche en que nos quedáramos solos, el anciano  me regaló una charla que ya no olvidaré mientras viva. Recuerdo cada palabra.
El cielo inmensamente blanco de estrellas casi nos deja sin aliento, tal fue su hermosura. Una mínima brisa nos deleitaba. Luciérnagas, cientos de ellas, se prendían y apagaban, solo para nosotros, entonces comenzó una maravillosa conversación. Aún la recuerdo.
-¿Qué ves hijo?
-Veo la vida
-Bien y ¿qué más?
-Que estamos solos y que todo esto es para nuestros ojos. Miles de otros seres están ahora en las ciudades, durmiendo, caminando, esperando otra vez el amanecer.
-Exacto, ciegos. Sus edificios y calles de cemento han ocultado tanto el horizonte que ya han perdido la idea de su existencia. La asfixia de vidas irremediablemente desperdiciadas.
-Sí, pero hoy el hombre tiene acceso a innumerables elementos que le hacen la vida más sencilla.
-¿Sencilla? ¿Crees acaso que la modernidad, la ciencia ha permitido una vida cómoda? Bien entonces definamos que es comodidad. En primer lugar es indiscutible que para un grupo de personas la vida diaria se ha facilitado en comparación con toda la historia humana. Claro que solo para un grupo. Países desarrollados, democracias, etc. ¿Cómo lo lograron? Con técnicas y científicos. Recursos obtenidos gracias a la explotación sistemática de las “Colonias”, a las guerras, etc. Así alcanzaron el orden en sus comunidades.
Sus expertos realizaron grandes avances que se tradujeron en comodidades para parte de sus pueblos y en armas para sofocar a otros. Mientras tanto la otra mitad del mundo se debate en una pobreza extrema. Seres sin ninguna posibilidad, que precisamente no viven “cómodos” y solo les espera una larga agonía hasta su muerte.  Ahora los que viven “con confort”, en los países desarrollados  ¿son plenamente felices? ¿Están contentos con sus vidas, con sus trabajos, con sus mujeres, con sus hijos? Viajas a tu trabajo en una ciudad abarrotada de personas, tardas horas entre ida y vuelta. Tienes calefacción en invierno, vacunas para no enfermar, medicamentos para prolongar la vida. Elementos para no pensar y “divertirte”. Televisión, programas preparados para ver solo una fracción de la realidad. Al otro día te levantas y sigues. Una y otra vez recorres ese mismo e inmutable camino. Cada hora de tu vida hasta el fin. Entre tanto alguna vez votas a tus políticos y “eliges” más días iguales, más noches de insomnio.
En algún lugar del planeta otros hombres y mujeres crean elementos tecnológicos, que la mayoría de las  veces no sirven para nada. Vas y los compras, vuelves a tu trabajo. Vendes lo único que posees: tú fuerza de trabajo. ¿Para qué? Para pagar lo indispensable para tu vida pero también para adquirir todas aquellas porquerías que alguien te convenció que  son imprescindibles. Te hacen creer que es el único mundo posible. La verdad es otra, hay que alimentar al monstruo, el gran mercado necesita que compres y compres. Entonces los que viven en los países “desarrollados” ¿Son felices?
Mira Alejandro: aquel punto es Venus, el de más allá es Saturno. Imagínate ahora que estas allí mirando hacia la tierra ¿Qué verías?
-No te vería a vos claro, ni a la Argentina, quizás solo un pequeño punto azul.
-¡Muy bien has leído sobre el espacio! En ese pequeña planeta, han transcurrido unos 4500 millones de años. La vida se formó hace ya mucho, pero la especie humana, de ese enorme tiempo, solo hace  dos que pisa el planeta. Dos millones de años. La historia escrita tiene menos de diez mil años. Los avances científicos impresionantes que vemos llegaron hace menos de cincuenta años. En esa mínima esfera han pasado los sueños, alegrías y tragedias de todo el género humano. La tierra se encuentra vagando sola en la inmensidad del vacío y te aseguro que no hay otra donde ir.
En el principio, cuando los hombres comenzaron a vivir en pequeñas aldeas, tomaban de la naturaleza solo lo que necesitaban. Al no haber técnicas ni máquinas, dependía de la fuerza de sus brazos. El sustento se conseguía solo con el  trabajo físico. Por eso los hijos significaban más brazos para trabajar. Luego domestica animales para compensar su escasa fuerza física.
La agricultura cambia la historia del hombre, con su desarrollo se acaba, para una parte de la población, la incertidumbre y el hambre.
 El equilibrio entre el hombre y el planeta se mantuvo intacto hasta hace menos de sesenta años.
Mucho antes las personas comenzaron a migrar a las ciudades, abandonado el campo. Así el campesino se transforma en ciudadano, deja de trabajar la tierra, ahora compra y vende.
Pero hay un paso fundamental, el descubrimiento y uso a escala global del carbón y el petróleo Con éste último se liberó el hombre de trabajar la tierra, otorgándole comodidades como nunca había tenido (aunque no todos).
En solo sesenta años la población mundial se triplicó.
Todo se acelera. Las maquinas reemplazan al brazo. El equilibrio frágil y delgado con la naturaleza se agrieta peligrosamente.
De miles de millones de seres, la mitad vive en ciudades. Hubo que inventar los ascensores, eso permitió crear edificios más y más altos, más lugares, más gentes, más y más energía a producir. Se industrializa la tierra. Ya no importa en general el clima, ni el tiempo
¿Sabías que un litro de combustible genera el poder de cien manos trabajando veinticuatro horas? Tractores, millones de ellos, abriendo las entrañas de la tierra, sacando, acelerando el proceso. Se podría alimentar a casi todo el mundo, pero ¿Qué se produce mayormente en los campos?  Alimentos para ganado. Complejas organizaciones, petróleo para los camiones, para las fábricas, insumos inmensos para obtener carne. Ahora necesitamos cien litros de aguan para obtener un kilo de papas., Cuatro litros para obtener un kilo de carne. Cuatro litros para cosechar un solo kilo de arroz. Cientos de millones de bocas esperan que el despilfarro de energía y recursos les lleven alimentos.
El equilibrio se deshizo en añicos, ¡la tierra por primera vez muestra su agobio! Más petróleo, más energía, ya, ahora. La agricultura se ha vuelto petrolera.
El estilo de vida, la supervivencia tal como está planteada depende del petróleo. Estamos amarrados a una cadena, pero no olvides: en un futuro próximo el equilibrio entre el hombre y la tierra será muy débil. Y ésta sin duda va intentar recuperarlo o morirá.
El derroche de energía es de tal magnitud que es difícil entender. Hay ciudades que brillan por las noches con tal intensidad que podrías verlas desde la luna.
Antes las distancias separaban a los hombres, hoy en pocas horas se va de un continente a otro.
El movimiento de mercaderías consume energía a un ritmo brutal. Imagina los barcos cargados ¿Necesitas una lata de arvejas? La traen  de las antípodas, nosotros que podemos producirlas. Eso es derroche.
¿Sabías Que ya hay cientos de millones de vehículos? En setenta años los recursos mineros habrán comenzado a agotarse.
¿Ves? Vivimos en el gran negocio. El espejismo brilla con una intensidad que los grandes intereses se ocupan de alimentar. Solo es ganar dinero. ¿Está mal ganarlo?, ¿Es malo acaso vivir con comodidades? No, no es malo, pero si para tener facilidades hay que arruinar el único lugar que tenemos, está mal. Esta Tierra, es única, irrepetible y agotable. Nada vale la destrucción de la biodiversidad, de la vida, de los animales, de los mares. No somos los dueños, no tenemos el derecho de hipotecar el futuro de los que vendrán después. Esa es la paradoja ¿Desarrollo y bienestar a costa de enfermar el planeta? ¿O volvemos a la carreta? ¡Todos quieren la naturaleza, pero nadie está dispuesto a ir a píe!
¿Estás todavía allá lejos en el espacio profundo?
-Sí, ahora veo un pequeño mundo azul maravilloso y único, ahora todo esto me aterra.
-El miedo paraliza, solo tienes tu voz, quizás puedas enseñárselo a otros…te queda una pequeña y dulce esperanza. No hay ideologías, lo único que realmente importa es la comprensión, el saber. Entender significa libertad, pero también dolor. Muchos darán vuelta la cara, se reirán al escucharte, no les importará.
Me oíste, esta noche. Estas aquí, haciendo cálculos, pensando quizás en quien te ha engañado hasta ahora.
Entender es un camino sinuoso, áspero. Tendrás dudas, sufrirás, quizás seas ridiculizado por otros hombres, y en un punto te volverás peligroso, deberás tener cuidado.
-Gracias.
-No me agradezcas, veo en tus ojos que ya eres uno de esos hombres. ¡No digas nada! No voy a preguntarte. Intuyo mucho dolor. Sigue tu camino. Es duro decirte esto ¡no confíes en nadie!
Así terminó aquella noche bajo esas estrellas inmensas, iluminando nuestras almas. Ese anciano me dio una felicidad que no había tenido en mucho tiempo. Sí, a pesar de la dura realidad he empezado a pensar, es maravilloso.
En la mañana fuimos al pueblo, la suerte me sigue acompañando, no bajé del camión y pude ocultarme. Tres hombres me buscaban. Otra vez a correr por los campos, dormir bajo la lluvia, las estrellas o el viento. Nuevamente la tristeza de la soledad, la incertidumbre de días vacíos. Escapar siempre hacia otros horizontes.
No sé cuándo volveré a escribir, te mando todo mi cariño”
Alejandro

La vuelta a Buenos Aires
Judith

Pasaron años y un día regresó temeroso a Buenos Aires. Era otra persona.
Harto de la soledad, del implacable sur, golpeó un día la puerta de la casa de sus tías y se instaló en su pieza.
El tiempo le había quitado la candidez de la adolescencia. Ahora era un hombre taciturno y callado, aunque tratara de mostrar otra personalidad.
En un principio nadie lo molestó, quizás porque aquellos que años atrás lo buscaran ya habrían muerto. Eso es lo que él suponía.
Poco tiempo después de su regreso, abrió un negocio en la calle Nazca, en Buenos Aires, una sandwichería. Empezó a ganar dinero, no mucho, pero suficiente.
Él solía pasar parte del día en un bar de la esquina, dejando a sus empleados a cargo del negocio. Seguramente se sentía un “gran patrón”.
A una calle se encontraba una pensión que alojaba a extranjeros. Un día entró al bar una chica alta, muy linda. Se miraron, la invitó a tomar un café. 
Judith, de largos cabellos casi blancos, siempre abría esos grandes ojos, que mostraban una profunda tristeza y un alma atormentada. Era húngara.
Había vivido los últimos horrores de la guerra siendo niña. Junto a su hermana fue abandonada en un orfanato. Posteriormente su padre las encuentra y viajan a la Argentina. Cómo llegaron no lo sé. Mi hermana Liliana estuvo a su lado, aconsejándola. Muchos días le hacía compañía y trataba de mostrarle que alguien se ocupaba de ella, que le importaba. Había comprendido la enorme soledad que ese ser desprotegido irradiaba. Tristeza que Alejandro no sería capaz de desterrar.
Llevó a su nueva mujer a la casa de sus tías. Una pequeña habitación fue todo lo que le ofrecieron. La maltrataron. Nunca la consideraron una más. Así, aquel desdichado ser, rodeado de personas indiferentes, se hundía en un pozo sin fin.
La existencia de Judith siempre fue un enigma. Perdida en un país absolutamente distinto al suyo, se casó con mi hermano habiéndose conocido solo unas semanas antes.
Recuerdo sus ojos cansados, su andar lento, arrastrando sus pequeños pies.
 En la celebración familiar y casi patética de aquella unión, pude observarla minuciosamente. ¿Cómo puede ahora llegarme cada sensación, cada imagen, con la perfección de una fotografía, después de tanto tiempo? Sus manos temblaban en forma permanente. Se las frotaba. Me llamó la atención que mirara permanentemente a la puerta.
Su andar lento y agobiado, su boca ancha y levemente caída, impregnó la reunión con una sutil y casi imperceptible tristeza. Tal vez presagiando su suicidio, poco tiempo después.
Alejandro no daba señales de estar feliz. Más bien parecía contrariado. Como sea ahora tenía una mujer. Ya había dejado de ser un chico grande cuidado por unas viejas tías.
Algunos pocos y aislados comentarios me permitieron conocer algo de su historia. La soledad de largos años en un orfanato, junto a su hermana, debe haber sido extraordinariamente dura. Su niñez se pierde en un mundo en guerra. No imagino como pudo sobrevivir al holocausto. Durante tres terribles años, aquella niña llenó  muchas veces sus pulmones con aquel olor aceitoso de la muerte.
Las altas chimeneas del campo oscurecían una y otra vez los cielos. El viento llevaba el humo gris hasta el orfanato. Luego el frío implacable, el hambre y la soledad aplacaron todo deseo de vida.
Llegó a Buenos Aires permaneciendo en una pensión, en la zona del Barrio de Constitución, luego en otra del Barrio de Flores.
Una vez que conoció a Alejandro se encaminó directamente a su final.
A su llegada a la Argentina contaba con treinta años. Ella se le acercó en el bar, enseguida mi hermano se dejó fascinar por su acento. Él, tímido y retraído creyó encontrar en aquella mujer, su otra parte. Sin embargo el dolor, cuando ella se suicidó, lo perseguiría un largo tiempo.
Otra vez me asalta la frágil imagen de Judith. Creí durante todo este tiempo que ella se unió a él para soportar un poco mejor la vida. Como si un perro abandonado en otra ciudad recorriera calles y calles sin volver a encontrar el olor de su dueño.
Cuando ya no hay respuestas ni futuro, y ni siquiera la fútil e inútil esperanza en un más allá, entonces te encuentras en el infierno, hasta el fin de los días.
Judith fue obligada a arrancarle la verdad a su esposo, la cual desconocía. Supo que vendrían por ella y luego por él.
En la necesidad de encontrar a nuestra perdida hermana Ana, recurren a Judith. Una pobre inmigrante. Así la obligan a sacarle información a Alejandro.
Un día fue abordada por varios hombres, muy cerca de su casa. La obligaron a subir a un auto. La encapucharon y la trasladaron a una casona no lejos de allí. Le preguntaron por la hermana de Alejandro. Fue amenazada y llegaron a darle un par de golpes. -No lo sé, no lo sé –gritaba ella. Uno de los hombres vociferaba -¡No te hagas la estúpida! ¿Dónde está la otra hermana de tu marido? Tuvo un ataque y perdió el conocimiento. La reanimaron comprendiendo que desconocía aquel nombre y su paradero. Así que le exigieron que le sacara la información a su esposo. Ellos la vigilaban constantemente. Si no cumplía sería deportada.
Sencillamente estaba enamorada profundamente de mi hermano. Sabiendo que tarde o temprano la buscarían, que le quitarían a su amor (que a pesar de todo era lo único que la vida le había dado) se suicida.
Durante un tiempo no entendí por qué la buscaron a ella y no a él. Más tarde comprendí la razón: debían ser prudentes. Nuestro padre conservaba sus relaciones en las altas cúpulas militares. Los que querían a Ana, nuestra hermana (yo aún desconocía su existencia) tenían que trabajar en las sombras. Un escándalo podría llevar a perder toda la operación, por ello decidieron esperar el momento oportuno.
Cuando Judith murió mi hermano, en un frenesí de desesperación destruyó todo lo que se encontraba en su habitación. Gritando y maldiciendo una y mil veces a Dios por su suerte.
Saltó del respaldo de la cama matrimonial, una carta arrugada. Una mueca gigantesca del destino. En esa despedida final su mujer le explica sobre las personas que la retuvieron. Y le pregunta -¿Quién es Ana?, nunca, nunca lo sabré. Le dice que ellos dos no tenían futuro, pero que llegó amarlo intensamente. Por primera vez en su penosa vida sintió el calor y la ternura de un buen hombre. Le pide perdón y que no sufra por ella. Finalmente. En las últimas palabras de su vida escribe: Gracias amor por los días que me diste.
Así pasó Alejandro aquella época. Nunca pudo entender el proceder de aquel ser amado. La única persona que quizás en algún momento le devolvió una mirada de ternura. Sin embargo ésta vivencia extrema tendría consecuencias futuras para él. Fue la primera vez que escuchó el nombre mágico: Ana.
El paradero de nuestra desconocida hermana sigue siendo la clave.


Olga

Mi hermano contrataba gente para su negocio, que crecía. Ingresó otra mujer, Olga, que no tardó en buscar a Alejandro, incluso ante la cara de Judith, que sufría incalculablemente.
Once meses duraría su matrimonio. Judith muere por una sobredosis de barbitúricos. Rápidamente Olga contrae matrimonio con mi hermano.
Si bien no estuve a su lado, no puedo entender la ambigüedad entre el dolor de la pérdida de Judith y su rápido casamiento. Pero así es el alma humana, oscura, profunda e incierta.
Quien sabe que pasaría en ese tiempo por la mente de mi hermano.
Su nueva esposa en poco tiempo se hizo dueña del negocio y posteriormente de la casona de Flores y de casi todos los bienes de las tías (que menos una ya habían muerto) En tanto Alejandro, lejos de toda capacidad de reacción seguía su vida. Pero algo se estaba gestando dentro de él. 
Mi hermano y Olga (que no podían tener hijos) buscaron en el norte del país a un chico y lo adoptaron. Sacándolo de la miseria de un rancho paupérrimo. Ya hombre ese hijo mostrará su verdadera naturaleza convirtiéndose en un ser despreciable. Cuando solo quedaba una de las tías vivas: Mariela, se adueña de lo que quedaba de la fortuna y deja a su tía (que había hecho todo por él) en la miseria y el abandono.
El destino (aunque no creo en él) o la sucesión de casualidades fueron tejiendo la telaraña en que distintos seres cayeron. Mi padre deambulando en su trabajo, lejos de casa, enamorándose perdidamente de una maravillosa alemana. Acompañando en sus últimos días a un ser que influyera absolutamente en parte del siglo XX. Una persona frágil y pérdida como mi hermano. Judith atormentada por su pasado y cómplice involuntaria del peor poder político. Olga y su hijo seres despreciables, ajenos a lo que ocurría y por último Ana, la joya de la civilización. Buscada hasta el cansancio para arrancarle su secreto.


Ana

Alejandro tal vez intentando olvidar el pasado guardó en su mente el nombre que Judith mencionara. No imaginó en ese momento que Ana era su hermana. Un día la buscaría en el enorme sur.
Todavía hoy no imagino lo que puede significar que se llegara a conocer su existencia y paradero, ni las consecuencias inmensas que podrían acarrearle a gran parte de la humanidad.
Por un tiempo mi hermano sencillamente siguió su vida. Nadie volvió a molestarlo. Quizás la operación de búsqueda se cerró provisoriamente.
Años después (y sin que Olga lo supiese) Alejandro viajó al sur a intentar encontrara a nuestra hermanastra. Inventó un viaje al campo para tratar la compra de unos porcinos.
 Durante bastante tiempo intenté develar el misterio. ¿Cómo supo mi hermano que Ana era su hermana? Es evidente que Judith lo alertó. Sus captores mencionaron el nombre. Es obvio que él interpelo a nuestro padre (tiempo después) Papá sabía de la existencia de esa hija (que nunca conoció) y le dio la información a su hijo. Estoy seguro que solo accedió a confesar la existencia de Ana. No le dijo nada más. Ni su extraordinario poder. Y mucho menos con quien, él, había compartido aquellos años.
Si bien mi hermano conocía al dedillo el sur argentino encontrarla no sería sencillo, por la simple razón que ella vivía oculta al mundo.
Cuando partió en su búsqueda contaba con la información de la zona donde ella probablemente estuviese. De todas formas el territorio era muy amplio. Ubicarla sería casi un milagro. Pero tuvo suerte.
Por esa época comentó que lo seguían. Entraba a un bar y alguien lo miraba. Al salir caminaba, a veces cuadras y cuadras y creía ver a extraños personajes. En ese tiempo, realizó el último viaje al sur, en una búsqueda que acabaría con su vida. Deambuló por incontables pueblos, buscando a su hermana Ana. Corría con una ventaja: conocía la mayoría de los parajes, estancias, caminos y gentes.
En un pequeño pueblo, a orillas de la cordillera, encontró finalmente su rastro.
Una mañana cargó su mochila y siguiendo una huella subió por la ladera de una montaña. Los pinos le cerraban a veces el precario camino. En un lugar equivocó el paso y se vio obligado a trepar grandes rocas.
Hacia el atardecer, exhausto estaba por darse por vencido, entonces la luz de la cabaña, como un maravilloso faro, surgió entre la foresta. Había alcanzado la cima de la montaña. Con temor llamó a la puerta de aquella vivienda aislada del mundo. La noche había llegado. Una figura celestial abrió la gruesa puerta. Ana, mucho más alta que él estaba en la penumbra. El fuego del hogar recortaba su figura imponente. Tartamudeando por los nervios, simplemente le dijo -soy Alejandro tu hermano. Ella sin decir palabra lo llevó hasta la chimenea y puso en sus manos una taza de chocolate caliente. Allí sentados frente a frente se miraron largo rato.
Ella reconoció en las facciones de mi hermano a nuestro padre. La miraba fascinado. La representación viva de un ser de otro mundo estaba allí, en un bosque perdido en la cima de una montaña. Ana se acercó y se abrazaron.
Alejandro cuenta que le llamó la atención que fuese tan joven. En esa época ella tendría unos veinte años, pero parecía una adolescente.
Le preguntó si vivía sola. Ella asintió. Se levantó y tomó un retrato de papá. -Nunca lo conocí. ¡Cuéntame, cuéntamelo todo!, mi madre me ha dicho tan pocas cosas de él.
Aquella noche maravillosa, esas dos almas se conocieron profundamente. Mi hermano instintivamente comprendió que aquella nueva hermana suya, ese ser excepcional corría riesgos similares a los de él. Aunque desconocía gran parte de la historia.
Abrió su alma, como antes lo había hecho con su patrón Don Braulio. La voz se le entrecortaba por la emoción. Ana tomaba sus manos y lo miraba a los ojos, rogándole que siguiera. Como impulsado nuevamente por aquella música convertida en palabras continuaba el relato de su vida. Así llegó a aquel momento ¡Te busque tanto! He pasado buena parte de mi vida huyendo. Creí que podrías tener la respuesta. La razón por la que me persiguen –le dijo–. Ella se levantó y lo abrazó. -Sabrás la verdad, pero antes cenaremos. Puedes lavarte y ponerte cómodo. Mientras prepararé la comida.
Alejandro recorría maravillado aquel estar en la cima de la montaña. Una gran sala central con varios sillones frente a una gran chimenea que invitaban a sentarse y mirar el fuego.
De la sala principal se abrían cuatro más angostas. Todas repletas de libros en sus paredes. Cientos de objetos y fotos llenaban varios estantes. En varios portarretratos papá lo miraba desde el fondo de aquellas fotografías en blanco y negro. Una mujer aún más alta que él lo abrazaba sonriendo. La madre de Ana era tan hermosa e imponente como ella. Junto a ambos un hombre más bajo, un anciano los abrazaba. El viejo se encontraba en muchas otras imágenes.
Tomó una jarra de cerveza en sus manos. De fino cristal biselado con una tapa de acero. Intentó leer la extraña inscripción en alemán pero no pudo. Ella se acercó detrás de él, tomó la copa en sus manos y leyó: “Meinem Verehrten Kolonnenfuhere Weihnacheten 1916 Nowac Wachtmeister Significa: A nuestro estimado Conductor de Patrulla, Navidad de 1916 en la ciudad de Nowac. Es una jarra del ejército alemán de la Primera Guerra. Un obsequio de navidad para un oficial muy estimado”. Él le preguntó si hablaba alemán. Ella sonriente le dijo que sí, aparte de inglés, español, italiano, francés y algo de danés. Mi hermano quedo perplejo.
Le preguntó por tantos libros. “Los he leído casi todos. Pronto viajaré a buscar otros” –le dijo–. ¿Quién era aquella extraordinaria mujer que llevaba su sangre? ¿Cómo sobrevivía allí tan sola, tan lejos y tan joven? ¿Quién habría construido esa hermosa cabaña? Miles de preguntas se agolpaban en su mente.
En poco tiempo un aroma encantador inundó el estar. Ana colocó la loza en la mesa, los vasos, cubiertos y demás sobre un exquisito mantel. Una cesta de mimbre con pan aún tibio y manteca. Alejandro hambriento no pudo aguantar y llenó un pan con manteca y azúcar. Ana lo miraba sonriendo. Se disculpó Tengo hambre –le dijo–.
Ella se sentó junto al piano y comenzó a tocar. Él no entendiendo cómo lo habrían subido, se dejó caer en un sillón.
Movía sus dedos largos como si fuesen mariposas. Apenas tocaban las teclas. Una melodía maravillosa condujo a mi hermano a lejanos lugares. Cerró los ojos sintiéndose transportado, levitando sobre inmensos jardines. La música ahora lo depositaba sobre una hierba furiosamente verde. Ana corría hacia él. A su lado Mario, nuestro padre, los abrazaba. Su madre Noemí le sonreía. La melodía trepaba hasta un cielo impecablemente azul. Negras nubes lo cubrieron y comenzó a llover. Primero lentamente, luego intensamente. La cortina de agua al tocar la tierra creaba un sinfín de exquisitos perfumes. El aguacero cesó repentinamente y el atardecer trajo un sol perfectamente rojo, ocultándose detrás del bosque.
Cuando la última tecla dejó escapar un largo y perfecto suspiro mi hermano reconoció a Judith que sonriendo se acercaba a él. La magia finalizó súbitamente. Abrió los ojos maravillado. Simplemente balbuceó -Mi madre también tocaba el piano. -Ya lo sé, nuestro padre se lo contó a mi madre. Ven, vamos a cenar -le dijo ella.
El fuego creaba sombras en los vidrios. Afuera la noche inmensa los protegía en lo profundo de la naturaleza. Al menos en aquella noche fantástica nadie podría hacerles daño.
Ella le contó mucho pero no todo. Sabía que su hermano ya estaba en peligro y si toda la verdad fuese dicha podría ser peor. Le habló sobre el tiempo en que papá y su madre estuvieron juntos. De su nacimiento en Bariloche.
Ella y su madre también corrieron muchos peligros.
Acosadas se refugiaron en un pequeño pueblo de Chubut llamado San Martín. Allí pasaron desapercibidas.
Sabiendo que tarde o temprano las encontrarían, Frida, su madre, regresó a Alemania, a su pueblo natal. Ella decidió aislarse del mundo en ese lugar.
Contaban con recursos económicos que le dejara un viejo alemán, a quien su madre cuidara largo tiempo.
Hizo construir la cabaña. Vivía cómoda con sus libros y su música. Solo una vez al mes, a veces cada dos, baja a los pueblos.
Alrededor de la montaña se encontraban pequeñas poblaciones, a la que llegaba por diversos caminos. Así podían pasar meses en repetir el mismo pueblo. Por ahora se encontraba segura.
Me permito brevemente contar sobre la madre de Alejandro Noemí, mi madre Elsa y papá. Noemí había invitado a sus amigas a una reunión. En ella presentaría a su novio. Así una tarde, ante los presentes, tocaba el piano. Allí estaba el que sería nuestro padre, cantando a vos en cuello un área de Opera, (tenía una excelente voz). Cuando todos los invitados se retiraron, le pregunta a una amiga -¿Qué te parece mi novio? -Ese hombre no es para vos, es poca cosa –le dijo–. La amiga sería luego mi madre Elsa. Al poco tiempo  Noemí y papá se casaron y ella se embarazó. Muere en el parto y Alejandro sobrevive. Pasaron unos años y nuestro padre se encuentra con mi madre. Se casan. ¡Qué paradoja! Allí estaba la amiga de Noemí casándose con quien “era poca cosa”. Extraños son los caminos de la vida. Esa mañana de lluvia, la que sería mi madre, salía del subte y mi futuro padre entraba. Si cualquier hecho de aquel día hubiese sido solo un poco diferente, yo no estaría ahora escribiendo estas líneas.
Ana ocultó lo que era y su extraordinario secreto oculto en su sangre. Simplemente le dijo que aquel viejo alemán, que su madre cuidara, había sido un líder durante la Segunda Guerra mundial. Que esa era la causa por la cual la buscaban. Sin embargo no le dio un nombre. Fue elíptica. Al enterarse de las penurias sufridas por su hermano omitió lo más importante. Era mejor que desconociera aquel secreto. Saberlo podría significar condenarlo a muerte. Si en algún momento lo apresaran él no podría contar lo que desconocía.
Ella volvió a tocar una suave melodía. Alejandro agotado por el cansancio y las emociones del día, se durmió frente al fuego. Con infinita delicadeza lo cubrió con una manta.
Aquel ser que recién conocía y que llevaba parte de su sangre estaba llegando al final de un largo camino. Intuía que aún le restaba sufrir la última parte de su vida. Deseaba que se quedara para siempre con ella, cuidarlo pero era imposible.
Por la mañana desayunaron. El profundo aroma del café se mezclaba con el olor de la leña. El pan, la manteca y la miel llenaron de gozo a Alejandro. En aquel breve tiempo se sintió feliz y libre. Recordó de pronto a Don Eusebio, aquel patrón bondadoso que lo cobijara en la estancia. Su alma se liberó por un tiempo de la opresión y el temor. Sentía a Ana como un magnífico ser al que amaba y a quien no quería dejar.
Antes de las diez de la mañana estuvo listo. Tomó su mochila. Con los ojos llenos de lágrimas le dijo a Ana “es hora”. Ella puso otra mochila en su espalda y sorprendió a su hermano “Te acompañaré hasta el pueblo, pero tomaremos otro camino. Hay que ser prudentes”. Él no podía ocultar su alegría. Al menos estarían algunas horas más juntos.
El día era extremadamente frío. Le dijo que estaba desabrigada, cuando el sol bajara, en el regreso se helaría. Ella sonrió “No te hagas problema, las bajas temperaturas no me afectan” –le dijo–.
Ella cerró la cabaña. Emitió un extraño silbido. Del bosque en silencio surgió una sombra furtiva. El hermoso y enorme animal, totalmente negro, se frotó contra las piernas de Ana. “¡Qué perro enorme!” Ella riendo agregó “No es un perro y te ha seguido todo el camino. Como ves no será sencillo acercarse a mí. Se llama Nigerman, es extraordinariamente inteligente. Prácticamente hablamos, aunque sin palabras, las miradas o un gesto bastan. Puede matar fácilmente a un hombre. Un ser de ese tamaño podría arrancarte la garganta de una sola mordida”. Alejandro se alejó del animal. Ana le dijo: “No le temas sabe quién eres”.
Así comenzó el regreso por otro camino. Mi hermano se cansó rápidamente. Ana y el animal daban grandes saltos sobre los árboles caídos. Casi parecían dos criaturas semejantes. “¡Esperen!” gritó. Ella se detuvo para descansar. El animal mirando hacia la foresta se mantuvo inmóvil. “Estás helado” –le susurró–. Sacó un termo con chocolate caliente y le sirvió. Nigerman se acercó hacia él y clavó sus ojos rojos como fuego en los suyos. Ana rió “¡dice que eres muy lento”.
Se acercaron a un barranco que les cerraba el paso. Ana abrió su mochila y sacó una cuerda, atándola a un árbol. “Iré allá abajo y la haré firme, tú bajarás por ella” –dijo–. De un salto se dejó caer al vacío. Alejandro apenas alcanzó a gritar. Ella sin un esfuerzo se incorporó. “¿Estas bien?” –le grito–. “Perfectamente; ahora baja”. Cuando estuvo a su lado le preguntó cómo no se había lastimado. Ella lo miró sin contestarle. No podía decirle nada más.
Al atardecer llegaron al fin al pie de la montaña. Comenzaba el sendero al pueblo que estaba al otro lado. Al día siguiente podría tomar un micro y volver a Buenos Aires.
A lo lejos unos pastores conducían a un grupo de cabras.
El animal había desaparecido en el bosque. Ana le dio unos chocolates. Alejandro lloraba en silencio. “No quiero dejarte” –le dijo–. “Es hora” –le contestó–. Se abrazaron largo rato. Ella estaba muy emocionada “gracias por buscarme, no voy a olvidarte. Sabes que no debes hablar sobre mí” –le dijo–. Le juró que no lo haría. “Eres una persona extrañamente fantástica. Un hada que salió del bosque, eres mi hermana, jamás podría olvidarte. Gracias por todo lo que me has dado. Me gustaría algún día regresar. No he querido empañar tu vida pero no puedo irme sin decírtelo, papá ha muerto. Siento que te enteres así. Con los ojos bañados en lágrimas le contestó “¡Pobre papá! Toda su vida fue triste y difícil. Solo con mamá tuvo un tiempo breve de felicidad. En un principio imaginé que venías para traerme esa noticia. Gracias por esperar hasta ahora y no entristecer los lindos momentos que pasamos. Se acerca la noche vete o te perderás, aún falta mucho camino”. Él comenzó a alejarse, no quería que Ana lo viese llorar. Lo llamó. Se acercó a él. Con exquisita ternura secó sus lágrimas. Puso en sus manos una pequeña piedra transparente sonriendo. “¿Sabes qué es?” –le dijo–. Su hermano observaba aquella piedra cortada perfectamente. Irradiaba luces de colores en su mano. “Es un diamante. Es un regalo, tal vez lo necesites algún día” –le dijo ella–.
“Pero es muy caro –balbuceó–. Tengo otros, ve ahora”. Caminó algunos pasos y se dio vuelta buscando por última vez a aquella figura celestial. Ya no estaba, el bosque se la había tragado.
Se acercaba la noche. Una primera estrella se dejó ver. El silencio absoluto se quebró por un sonido lúgubre y agudo. El aullido trepaba más allá de los bosques hacia el cielo intensamente negro. Alejandro temblando por el frío y el cansancio apuró el paso.


El Final de Alejandro

En el ómnibus de regreso pensó una y otra vez en la extraordinaria vivencia que había vivido.
Volvió sin decir ni una palabra a la familia. Pero interpeló a papá. Anotó en su Diario algunas palabras más: Ayer hablé con papá. Le dije que había estado con Ana. Se enojó, dijo que dejara todo aquello en el pasado. Me recriminó mi viaje al sur y me exigió que la olvidara
Volvió a su vida en Buenos Aires. A su negocio y a Olga.
Mientras él se encaminaba hacia el fin de su vida, su hijo adoptivo crecía. La mala semilla se preparaba para mostrar su cruel naturaleza.
Tiempo después sufrió un desmayo y lo internaron en una clínica. Había tenido un accidente cerebrovascular. Aunque la palabra accidente me resulta superflua y casi pueril. Su muerte estaba decidida, quizás desde el mismo momento que huyó de la isla.
Existen muchas formas de matar a una persona. ¿Imaginan el temor de saberse vigilados? Deben salir de sus casas y alguien se encuentra esperándolos.
Su existencia transcurrió entre invisibles muros grises. A pesar de los inmensos espacios abiertos en que anduvo, parte de su vida la vivió en una cárcel sin salida. Esperaban que les dijera lo que ellos tanto buscaran.
Supongo que por aquellos días el tema de los submarinos y los desembarcos habría perdido importancia. El tiempo había pasado. No obstante siempre fue vigilado y es posible que se enteraran de su último viaje al sur.
El hecho extraordinario (y que me alivia) es que aquellos que buscan el secreto, nunca encontraron a mi hermanastra.
Un día llegué a la clínica donde Alejandro había sido internado. Entré en la habitación, estaba solo. Ya no hablaba. Me acerqué a su cama y lo tomé de la mano. Acaricié su cabeza. Quería decirle tantas cosas, pero no pude. Su mirada me taladró, se esforzó moviendo los ojos de un lado al otro. Estaba paralizado. Yo no entendía, hasta que seguí la línea de los ojos. Abrí el placard. Revisé su ropa y en su pantalón descubrí la carta. Lo miré, abrió y cerró los ojos varias veces. Me decía: “¡Sí, sí! La abrí y leí en voz alta. Mi hermano suspiró y dejó de existir. Me acerqué a él, con el papel en la mano. Su cara no demostraba el terror ante la muerte. La lectura actuó como un bálsamo y se fue tranquilo.
Así terminó su vida y fue enterrado en el Cementerio de la Chacarita. Mientras el cielo negro explotaba furioso, escupiendo ráfagas de lluvia helada, mientras éramos vigilados. Allí estuvo otra vez el poder, buscando incansablemente el secreto mejor guardado.
Cuando la última palada de tierra cubrió definitivamente su historia, empezaba la mía. Un largo y agotador viaje a lo profundo de la condición humana. Un análisis descarnado de mi propia alma. Ahora podría conocer a mi hermana.
Mi hermano escribió en ese papel una sola palabra completa: Ana y otras incompletas y varias cifras. ¡Solo yo pude entenderlas! Un juego que hacíamos de niños, las pocas veces que nos encontramos. ¡El esperaba mi llegada! Me contaba sobre nuestra hermana y como encontrarla. Si yo no llegaba nadie más podría entender la larga carta.
Alguien dijo que comprender es una alegría, en éste caso no sería así. Decidir, decir por todos, para bien o para mal. La posibilidad de cambiar la vida de millones de seres o callar. Sigo siendo la última pieza de éste juego. Lo que queda de la larga historia de mi familia.


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7 comentarios:

  1. muy interesante para leer, no solamente por la novela , sino por la parte historica y otros enigmas del 3 reich , como por ej: las mentiras de los aliados en la 2 guerra mundial.......no fue lo que contaron

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    1. Te va a interesar http://segundaguerra.wixsite.com/el-lado-b
      argentinaesclavizada.blogspot.com.ar

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  2. Las latas de combustible con la esvastica no son nazis. Pertenecen a la Anglo-Mexican Petroleum (una subsidiaria de de la mexicana El Aguila Petroleum) que operó en Gran Bretaña y Sudamérica desde 1913 hasta 1930 y su logo era una cruz esvastica. En aquella época el combustible era trasladado en latas y tambores. En este caso la AMP distribuía desde Dock Sud su combustible en la latas de 20 y 40 litros (estas ultimas en chapa galvanizada). Juan María Estrade (jmestrade@yahoo.com.ar)

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  3. Interesante y atrapante. Me gustó mucho!!!

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